Opinión

Pornografía

Nínive Alonso Buznego

ninivealonsoabogada@hotmail.com

ABOGADA Y FILÓSOFA

Desde España para La Nación de Guayaquil, Ecuador.

“Hay demasiado sexo, pero demasiado sexo de mala calidad”

Cuando entre en la sala del Guggenheim Bilbao que albergaba la exposición “Made in Heaven” esculturas y fotografías de escenas sexuales explícitas del artista Jeff Koons y su mujer la actriz porno Cicciolina (que llegaría a ser diputada en Italia) me di cuenta de que el porno sólo podía ser bueno en el lugar adecuado: dentro de la cultura y el arte.

La pornografía es una parte de la creatividad artística de la sexualidad humana, y como tal, es decir como elemento creador y de amplificación de la experiencia vital no debe sino ser edificante.

De modo que el porno que, en vez de avanzar en ese sentido hedonista de la persona, camina en el sentido contrario, es decir en el sentido de la incultura, la animalización y lo puramente anatómico, deja de formar parte de la grandeza del escándalo para convertirse en la pequeñez de la violencia de lo básico.

Y dentro de esa violencia de lo básico, que representa una involución total respecto a la experiencia erótico sexual se encuentra gran parte de la actual industria pornográfica y de sus consumidores habituales, algo así como la comida basura y su relación directa con la adicción, la obesidad y otras enfermedades.

Hay demasiado sexo, pero demasiado sexo de mala calidad. Algo así como el botellón, borracheras sin sentido, peligrosas en edades muy frágiles con falta de paladar.

Lo que vengo a decir es que inclusive para ver porno hay que saber encuadrarlo dentro de lo que es: un filme artístico donde unos actores realizan un guión más o menos elaborado con escenas donde el dolor no es dolor, los gemidos no son tal y las erecciones son inalcanzables en la vida diaria, primero porque son profesionales, y segundo porque en no pocas ocasiones se utilizan trucos (drogas inclusive en la zona genital, pero eso serían gajes del oficio)

El visionado de estas películas debe ser entendido como un gusto personal erótico, una diversión, o una forma de modular en la imaginación lo que en la realidad no puede llevarse a cabo, al igual que otro tipo de ficción cinematográfica ¡no vemos películas de asesinos para ser asesinos!

Por eso la pornografía no puede ser el reducto de aprendizaje de lo sexual para los inexpertos, adolescentes que sin un sistema de educación sexual académico no tienen otro lugar al que acudir para instruirse: “cómo hacerlo bien” y “cómo no quedar mal”, miedos que hemos tenido todos, sin excepción, cuando nos hemos enfrentado a nuestros primeros contactos sexuales.

El problema gubernamental es que, por un lado, dejamos que el porno extralimite las líneas del arte para convertirse en una industria de sexo absolutamente voraz, involutiva y animalesca, donde lo único que importa son las eyaculaciones, los tamaños y la violencia ¡un sexo hecho por hombres para hombres! y lo dejamos así porque “da pasta” y poner límites a eso haría perder dinero a gente con mucho poder.

Y, por otro lado, como buenos meapilas, no vaya a ser que la Iglesia se enfade y los colegios concertados se escandalicen no implantamos una asignatura específica de valores y educación erótica y sexual sana, que haría el contrapeso adecuado a esa fuerza, sino que seguimos poniéndonos rojos viendo los dibujos de la época postfranquista del pene y la vagina.

Estamos obligando a los niños a que se eduquen como puedan: o en sus casas, donde sus padres no están capacitados o en el peor de los casos impera el machismo, o en internet donde la violencia campa a sus anchas y lo que es una ficción se entiende como verdad.