Opinión

¿POR QUÉ LA VIRTUD NO TRIUNFA EN LA POLITIQUERÍA?

Dr. Orlando Amores Terán/Quito

(I)

“Vox populi, vox Dei” (“La voz del pueblo es la voz de Dios”).

Históricamente, esta frase ha sido utilizada para legitimar decisiones populares; sin embargo, su verdadero origen cuestiona precisamente la sabiduría de la multitud.

En la antigüedad fue empleada como una advertencia, no como un consejo. Se atribuye al clérigo inglés Alcuino de York (735–804), quien, en el año 800, escribió a Carlomagno sugiriéndole no escuchar a quienes sostenían que “Vox populi, vox Dei”, argumentando que “el alboroto de la multitud siempre roza la locura”.

Para congraciarse con el pueblo, muchos políticos débiles reorganizan sus planes de trabajo y programas de gobierno no en función de las verdaderas necesidades prioritarias de la sociedad, sino alrededor de la aprobación popular, sin comprender que el respeto no sigue al sumiso, sino a la firmeza.

Los políticos débiles que aceptan las fantasías colectivas terminan asumiendo actos peligrosos, porque persiguen narrativas imaginarias que pueden trastornar el destino de una nación. La ilusión enceguece y vuelve a las masas proclives a la manipulación.

Los políticos débiles son fáciles de gobernar, porque terminan siendo gobernados por sus propios deseos.

El antídoto frente a esa debilidad es la virtud, entendida no solamente como moralidad, sino como fuerza de carácter, disciplina, objetividad e insumisión; es decir, la capacidad de controlar los impulsos, en lugar de ser controlado por ellos.

Un político virtuoso no idolatra ni coloca al pueblo en un pedestal: lo respeta. No persigue validación permanente, sino que mantiene sus propuestas porque son el resultado del estudio serio de la realidad.

El problema es que cuando un hombre no puede ser manipulado por el deseo, se convierte en un peligro para todo sistema que se beneficia de la debilidad humana.

Porque el hombre más fuerte no es necesariamente el más poderoso ni el más acaudalado; es aquel que no puede ser controlado por el hampa política.