Opinión

Por la boca muere el pez

Jorge Gallardo Moscoso/Guayaquil

 

“Somos hoteles para enfermos”. Suficientes fueron cuatro palabras para el presidente de la Asociación de Clínicas y Hospitales del Ecuador, y justificar los costos de las clínicas privadas y de los médicos tratantes, especialmente en Guayaquil, Quito y Cuenca. Así como hay hoteles de hasta 5 estrellas, las casas de salud y sus profesionales deben categorizarse de la misma manera, según su representante y, por consiguiente, no hay nada de que admirarse, tampoco merece cuestionarse y menos acusar de abuso, insensibilidad o de un fabuloso negocio.

En sendas entregas, diario Expreso (28, 29 y 30. V.2024), confirma lo que es ‘vox populi’, porque está y estaba desde hace largo tiempo en la boca de todos: los servicios privados de salud y los servidores de los mismos se han convertido en una casta privilegiada a la cual solo pueden acceder unos pocos -y muchos de ellos haciendo grandes esfuerzos económicos, mientras la inmensa mayoría, qué más da, debe “contentarse” con el deficiente si no pésima prestación que ofrecen la red pública de salud y el IESS (Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social).

Con diferencias de costos, por obvias razones, entre lo que sucede en las grandes ciudades respecto de las más pequeñas, el trabajo de investigación periodística del citado matutino se permite una “ADVERTENCIA (así con mayúsculas): Enterarse de cuánto pueden llegar a costar algunos servicios médicos en el sector privado puede ser perjudicial para su salud”. Y cómo no será perjudicial: ya en lo económico, por el severo golpe al bolsillo, ya en lo psicológico, por las tantas veces que será necesario ser creativo y romperse la cabeza para juntar los recursos que deben erogarse para pagar procedimientos comunes y no se diga los complejos.

Soy ideológicamente liberal y por ello respaldo y apoyo las libertades civiles y económicas. Defiendo y promuevo la importancia del emprendimiento y éxito privados. Condeno toda clase de absolutismo y de estatismo y a través de esos modelos la prohibición y trabas para practicar la libertad individual y asociada. Sin embargo, todo lo dicho anterior no tiene nada que ver con necesarias regulaciones cuando, como en el caso que ocupa este comentario, tiene que ver con la salud y la vida misma de las personas. Ecuador tiene muy serias deficiencias en el campo de la salud pública y, por lo mismo, hacia donde toca acudir a la gente es al campo privado. No obstante, esta realidad no otorga patente de insensibilidad ni de abuso como está sucediendo. Aquí no están en discusión las importantes y cuantiosas inversiones realizadas por los centros asistenciales privados, ni tampoco la muy costosa preparación de los profesionales médicos, que tienen derecho a recuperar los egresos y generar utilidades, porque para eso se han esforzado. Lo que está en juego es que muchos, no todos y eso es necesario resaltarlo, han desvirtuado ese derecho y lo han convertido en muy lucrativo y perverso negocio.

Guayaquil es donde más caros son los servicios, incluidos los de los seguros de salud. Esto debe cambiar allí y en todo el país. Bienvenida será la intervención legal, no arbitraria del gobierno central, impidiendo que enfermarse sea un lujo impagable y que la atención de la salud sea más humana.