Opinión

Por estallar y volar en pedazos

Jorge Gallardo Moscoso/Guayaquil

A Glas lo dejan libre, lo mismo que a dos miembros de la banda criminal ‘Los Lobos” y un líder de ‘Los Choneros’. Por el caso ‘Don Naza” se acusa a las FF.AA., y los correístas quieren una Comisión de la Verdad.

Como si nada sucede lo anterior, mientras el sicariato rompe récords cada día, la inseguridad ciudadana es intolerable y, entre esos y otros graves males que pintan entero la calamidad del país, una distinguida académica dice que “los maestros ecuatorianos hemos fracasado: la gente que nos gobierna salió de nuestras aulas”.

Desgarrador escenario, y en el horizonte próximo ni un solo espacio para la esperanza, para el imprescindible cambio positivo, ese que coloque al Ecuador en la ruta del desarrollo y de la prosperidad. Los tentáculos de la corrupción se fortalecen, se extienden, agarran con fuerza y alcanzan no solo al poder político (ejecutivo, legislativo, judicial, electoral y transparencia y control social), sino también a las instituciones armadas y a la sociedad en sus más variados estamentos. Aunque la costumbre sea responsabilizar a lo más alto y representativo por todo lo malo que acontece, es imposible deslindar la contribución destacada que esa penosa realidad recibe de la sociedad civil.

Hacer del tiempo estratégico aliado para provocar las positivas transformaciones que requiere el país y con ellas generar bienestar, claramente, no es el interés. Se ha priorizado vivir en medio de la podredumbre legal y moral. Por eso, miles de matrículas vehiculares conseguidas ilícitamente; permisos tramposos para la minería ilegal; jueces otorgando hábeas corpus a delincuentes comunes y encopetados; policías y militares comprometidos con la mafia (narcotráfico y otros crímenes); privados sobornando con millones a funcionarios públicos; políticos buscando comisiones de la verdad para convertir ladrones en santos. El sicariato campea, la inseguridad crece y donde se toca (no se aplasta) sale excremento a borbotones.

Señalar como únicos responsables a los muy culpables poderes estatales, no es justo. Es menester, también, que el empresario privado (pequeño o grande), el empleado y el desempleado, el ciudadano en general acepte su complicidad y renuncie a ser parte de un sistema corrompido.