POLITICOS: SERVICIO O NEGOCIO?
Mg. Lilian Alarcón Durán
Cada vez que se aproxima a un nuevo proceso de elecciones seccionales, el escenario político parece repetirse como una obra ya conocida. Las plazas vuelven a llenarse de discursos, las redes sociales se inundan de promesas y los candidatos recorren barrios y comunidades ofreciendo soluciones inmediatas para problemas que, en muchos casos, llevan décadas sin resolverse. Es el tiempo en que, como dice el viejo refrán, algunos prometen «el oro y el moro», convencidos de que la memoria del elector será más corta que sus discursos.
La política nació para servir a la sociedad, no para servirse de ella. Sin embargo, la experiencia nacional ha dejado una inquietud legítima: para ciertos actores, el ejercicio del poder parece haberse transformado en un medio para obtener privilegios, influencia o beneficios personales, antes que en una auténtica vocación de servicio. Esta percepción no surge del pesimismo, sino de una historia marcada por promesas incumplidas, obras inconclusas, casos de corrupción y autoridades que, una vez alcanzado el cargo, olvidan el contacto permanente con quienes depositaron en ellas su confianza.
Sería injusto afirmar que todos los políticos responden a ese patrón. El Ecuador también ha conocido servidores públicos honestos, capaces y comprometidos con sus comunidades. Precisamente por ello, la ciudadanía tiene el deber de distinguir entre quienes presentan propuestas sustentadas en trabajo y trayectoria, y quienes aparecen únicamente en tiempos de campaña con discursos grandilocuentes y soluciones milagrosas.
Las elecciones seccionales no son un simple trámite democrático. En ellas se decide quién administrará los recursos públicos, quién planificará el desarrollo de las ciudades, quién tendrá la responsabilidad de mejorar la movilidad, la seguridad, el acceso al agua potable, los espacios públicos y la calidad de vida de miles de familias. Elegir mal no solo afecta cuatro años de administración; muchas veces significa retrasar el desarrollo de una comunidad durante una generación.
En este contexto, preocupa observar cómo todavía existen sectores que votan impulsados por el fanatismo político, por el resentimiento o por la fidelidad incondicional a un movimiento o a un líder. Los fundamentalismos, cualquiera sea su origen ideológico, empobrecen la democracia porque sustituyen el análisis por la obediencia y el pensamiento crítico por la confrontación permanente. Cuando el voto deja de ser una decisión razonada para convertirse en un acto de fe política, la democracia pierde uno de sus pilares fundamentales: la libertad de elegir con conciencia.
El momento exige ciudadanos más severos y menos ingenuos. Antes de creer en una promesa, conviene revisar la hoja de vida del candidato. Antes de emocionarse con un discurso, es indispensable preguntarse de dónde saldrán los recursos para cumplir lo ofrecido. Antes de entregar la confianza, es necesario evaluar si quien solicita el voto ha demostrado capacidad, honestidad y coherencia en su vida pública.
La democracia no se fortalece con aplausos incondicionales, sino con ciudadanos que cuestionan, investigan y exigen rendición de cuentas. El voto no debe ser un premio a quien mejor habla ni a quien más publicidad despliega; debe ser un reconocimiento a quien ha demostrado que entiende que la política es una responsabilidad y no un negocio.
Las próximas elecciones representan una nueva oportunidad para romper el ciclo de la decepción. El llamado es claro: pensemos, reflexionemos y meditemos nuestro voto. No permitamos que las emociones, los intereses momentáneos o los fundamentalismos decidan por nosotros. El futuro de nuestras ciudades y de nuestro país merece algo más que promesas de campaña; merece autoridades que comprendan que el poder solo tiene sentido cuando se ejerce con honestidad, responsabilidad y auténtica vocación de servicio.
Las urnas no solo eligen autoridades; también reflejan el grado de conciencia de un pueblo. Porque cuando la política deja de ser un servicio para convertirse en un negocio, quien siempre termina pagando el precio es la sociedad.
