Opinión

¡Pobrecitos de nosotros!

¿Vamos a seguir otros 500 años de quejicas, lloriqueando por haber sido una nación conquistada? El horror de las atrocidades perpetradas por el invasor es innegable, desde luego, y las víctimas merecen la consonancia de nuestra fraterna mirada. Pero, las injusticias de un sistema no se mitigan rememorando hechos remotos, ni mucho menos exigiendo simbólicas reparaciones, sino resolviendo cuestiones bien concretas, aquí y ahora. ¿Vivimos, hoy día, en un país justo e igualitario? No, señoras y señores.
Pero, entonces, ¿quién tiene la culpa de ello? ¿Los antiguos españoles? ¿Nos marcaron ellos de manera fatal como para que no pudiéramos, cinco centurias después, organizarnos como una sociedad verdaderamente civilizada? ¿Nos condenaron a una pobreza perpetua y nos herraron, a sangre y fuego, el cuño indeleble de la corrupción? ¿No tenemos nosotros, los mexicanos modernos, una mínima responsabilidad en el actual estado de cosas? ¿Debemos dirigir siempre las acusaciones hacia fuera y no asumir que este país lleva 200 años de ser gobernado por nacionales de cepa pura, salvo el corto período, poco más de tres años, en el que Fernando Maximiliano José María de Habsburgo —archiduque de Austria— ocupó el trono de México? ¿No hubieran debido bastar esos dos siglos, para que, sin pretextar ya mayores agravios, tomáramos nosotros las riendas y construyéramos un país próspero?

Es evidente que algo no ha funcionado en estos pagos: conllevamos unos escalofriantes niveles de violencia, el aparato de la justicia es fundamentalmente inoperante, millones de compatriotas viven en una indigna miseria y hemos sido gobernados por unos politicastros tan incompetentes como inmorales. Pero, justamente, si fuera asunto de repartir culpas entonces yo creo que los españoles ya no son en manera alguna parte de la ecuación. Ellos mismos han transformado a su propio país en una nación ejemplarmente democrática y desarrollada gracias a los inteligentes empeños de su clase política, más allá de todo lo que pueda ser cuestionable en la vida pública de la Península. Hay algo más: en el debate sobre nuestros orígenes, la sangre española no aparece muchas veces como algo consustancial a eso que llamaríamos la mexicanidad.
En este sentido, me permitiría yo reivindicar aquí los rasgos determinantes de una condición, la nuestra, que es predominantemente occidental, con perdón de quienes pretenden promulgar un indigenismo taxativo: hablamos, para empezar, una lengua derivada del latín clásico; nuestras leyes provienen del derecho romano; profesamos mayormente la religión católica apostólica romana; escuchamos música basada en la escala heptatónica e interpretada por instrumentos de origen europeo (el violín de los mariachis apareció en el siglo XVI en Italia y sus trompetas de pistones, si bien sus orígenes se remontan casi a los comienzos de la mismísima humanidad, fueron inventadas en Alemania, hacia 1815); vestimos universalmente jeans y las chicas van al gimnasio ataviadas de leggings; en fin, nuestros usos y costumbres —por lo menos en las zonas urbanas del territorio nacional— no difieren, en lo esencial, de los que se llevan, digamos, en países, justamente, como España, Francia, Italia o Bélgica, por nombrar a las naciones europeas de mayoría católica. Es cierto que comemos tortilla de maíz, escamoles, enchiladas y mole poblano pero, al mismo tiempo, devoramos pizzas, degustamos sushis y engullimos hamburguesas, por no hablar de los hot dogs y los hot cakes.
Todo esto —o sea, nuestras diversas herencias— ¿debiera ser combatido, o negado, al exaltar de manera radical y fanática una mexicanidad avasallante? La pregunta no está fuera de lugar porque se escuchan voces, en estos mismos momentos, que condenan hasta el propio consumo de la carne de cerdo porque el animal no es originario de nuestro subcontinente. Y, sin llegar a tan risibles extremos, nuestra trasnochada izquierda ha denunciado casi por principio la penetración de costumbres venidas del exterior asociándolas a una forma de imperialismo, de dominación, de vasallaje. Es gente para la cual la adopción de una usanza “ajena a nuestra identidad” no es algo que enriquece tu experiencia cotidiana de la vida sino un despojo perpetrado, pues sí, por los sucesores del conquistador español. Llevada a los límites, esta postura nos prohibiría el consumo de whisky, el deleite de la paella y, desde luego, nos obligaría a todos los machos a vestir de calzón de manta en lugar de llevar los mentados jeans. Las mujeres, por su parte, portarían forzosamente el huipil y no calzarían zapatos de tacón alto sino huaraches.
Tendríamos que repudiar de la misma manera a Brahms (por no haber usado chirimías en la orquestación de sus cuatro sinfonías) y recitar constantemente a Nezahualcóyotl en vez de declamar los poemas de García Lorca, de Heinrich Heine, de Novalis o de Walt Withman. No arreglaríamos los grandes problemas nacionales (por culpa de los españoles, como siempre). Pero, eso sí, seríamos muy mexicanos. ¿Vamos a seguir otros 500 años de quejicas, lloriqueando por haber sido una nación conquistada? El horror de las atrocidades perpetradas por el invasor es innegable, desde luego, y las víctimas merecen la consonancia de nuestra fraterna mirada.
Pero, las injusticias de un sistema no se mitigan rememorando hechos remotos, ni mucho menos exigiendo simbólicas reparaciones, sino resolviendo cuestiones bien concretas, aquí y ahora. ¿Vivimos, hoy día, en un país justo e igualitario? No, señoras y señores. Pero, entonces, ¿quién tiene la culpa de ello? ¿Los antiguos españoles? ¿Nos marcaron ellos de manera fatal como para que no pudiéramos, cinco centurias después, organizarnos como una sociedad verdaderamente civilizada? ¿Nos condenaron a una pobreza perpetua y nos herraron, a sangre y fuego, el cuño indeleble de la corrupción? ¿No tenemos nosotros, los mexicanos modernos, una mínima responsabilidad en el actual estado de cosas? ¿Debemos dirigir siempre las acusaciones hacia fuera y no asumir que este país lleva 200 años de ser gobernado por nacionales de cepa pura, salvo el corto período, poco más de tres años, en el que Fernando Maximiliano José María de Habsburgo —archiduque de Austria— ocupó el trono de México? ¿No hubieran debido bastar esos dos siglos, para que, sin pretextar ya mayores agravios, tomáramos nosotros las riendas y construyéramos un país próspero?

Autor: Román Revueltas Retes/Mèxico