Opinión

Planetas y segundas oportunidades

Arturo Guerrero

arturoguerreror@gmail.com

Diario El Espectador de Colombia

Cada vez que la fábula o la ciencia descubren probabilidad de vida en planetas semejantes a la Tierra, surgen dos sentimientos. El temor a ser invadidos y devorados. Y las ganas de marcharse de este despeñadero hacia lo desconocido allá arriba.

El primero, la invasión funesta, no es sino una proyección. Los terrícolas, depredadores, no logran imaginar una inteligencia solazada consigo misma. Entonces lanzan hipótesis idénticas a lo que ha sido la historia del arrasamiento.

El cine se encargó de darle garras y fuegos a las criaturas de otros soles. Vistió de monstruos a los mismos vaqueros, conquistadores y depredadores, protagonistas de sus sagas. Difundió el terror ante los diferentes, mostrándolos precisamente como semejantes en perversión.

Según esta mirada, si los dioses son terribles, dictan mandamientos de sacrificio y castigan las virtudes y dichas del cuerpo, las recién aparecidas deidades del espacio no podrían ser de naturaleza diferente.

Así como antaño el cielo se pobló de divinidades a semejanza del hombre, así los extraterrestres de hoy habrían de ser potencias siniestras tal como los míseros mortales del globo azul.

Al lado del terror ante las omnipotentes naves acorazadas del espacio, algunas personas acunan el segundo sentimiento, la pulsión de escape. Este desespero ha crecido en los últimos años, pues nuevas catástrofes retan el buen juicio de las masas aletargadas.

Hace 70 años Ray Bradbury pintó la situación en sus Crónicas marcianas. “Todas las gentes con sentido común querían irse de la Tierra –fantaseó–. Antes que pasaran dos años iba a estallar una gran guerra atómica, y él no quería estar en la Tierra en ese entonces”. “Escaparían de las guerras, la censura, el estatismo, la conscripción, el control gubernamental de esto o aquello, del arte o de la ciencia. ¡Que se quedaran otros!”.

Quien no quería quedarse era un hombre que gritaba a través de los alambres de la pista donde iba a elevarse el cohete a Marte. Soñaba con que allá arriba hubiera un país de leche y miel. “¡Espérenme! ¡No me dejen en este mundo terrible! ¡Quiero irme!”, insistió.

Pritchard, como se apellidaba, representa la línea de fuga ansiada por miles. En su momento no brilló la guerra atómica universal, con hongo y veneno canceroso. Reventó, en cambio, una traidora arma económica y metafísica que hoy en día redujo a átomos lo que antes conformaba comunidades.

De esta manera, el estatismo, la censura, la calamidad nuclear, dieron paso al sinsentido de la sociedad actual. Cayeron las utopías, los jóvenes no tienen por quién morir, nadie se pregunta siquiera qué estamos haciendo sobre el planeta.

Quizá en el más allá del más acá, en los neonatos planetas con rastro de carbono y agua, vivan las segundas oportunidades para estas estirpes condenadas.

Quién quita que a través de los agujeros de gusano –signifique esto lo que quiera significar– algún día sea verdad el atajo que perfore la manzana del espacio-tiempo, para llegar más rápido y en diagonal a los años luz de la esperanza.

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