Opinión

Pesadilla bancaria

El borrador de esta nota lo escribo en la tercera hora, de un total de cuatro y media en espera, para ser atendido en la taquilla de un banco y así poder acceder a un poco de efectivo para utilizar el transporte público y la compra de agua. Un valioso tiempo que diluye lentamente de pie, caminando a ratos, conversando de lo sagrado y de lo profano, sin hidratación y mucho menos sanitarios. Un testimonio del peregrinar al menos semanal de muchos ciudadanos en Venezuela, ya que la lejana alternativa supone “comprar el efectivo” y a la fecha, cuando la comisión es generosa no baja del 50% del total.

En estos tiempos de espera el tedio es nuestro compañero habitual y te desarrolla la capacidad de observación. Estas en la primera fila de un desfile de VIP (very important person – persona muy importante-) que logran hacer sus gestiones de manera expresa, siempre supone uno con malicia, que a cambio de alguna cortesía en especies o en efectivo, bajo la mirada aprobadora de los supervisores y gerentes de agencia.

Una vez al mes el colapso de la situación se acrecienta, pues los adultos mayores cuando les corresponde retirar parte de su pensión llegan a pernoctar en los alrededores de las entidades desde el día anterior para poder ser los primeros y no es o sería extraño que les digan “no hay sistema” o “no llegó el efectivo”. La banca ignora que la Superintendencia de Bancos ordenó a la banca tener disponibles todas las taquillas, ya que es recurrente observar que funcionan cercano al mínimo.

¿Quién le pone el cascabel al gato? ¿Quién hace que la banca asuma procesos que garanticen tiempos de espera cortos y atención de calidad? El proceso inflacionario genera alta demanda de efectivo, pero la respuesta de la banca y los órganos reguladores es insuficiente. Aun así pareciera que el aumento de las ganancias de la banca es proporcional al detrimento de los servicios en las agencias. ¿Sabe usted cuál ha sido el comportamiento de las utilidades de la banca en la última década? ¡Creciente! Al salir de la agencia, pasada la hora del almuerzo, sentí que finalizaba mi pesadilla bancaria y que despertar era una victoria que se materializaba en unos cuantos billetes, así tomé un autobús y cuando pagué, el colector me dijo: “¡Ay papá!, ya no aceptamos billetes de doscientos” (bolívares), pero te voy a llevar pa` que no te quedéis”. Mis ánimos se esfumaron.