Opinión

Pedro Castillo parece no poder (ni querer) gobernar el Perú

Parece que lo hemos olvidado, pero el gobierno del presidente peruano Pedro Castillo empezó con el mandatario sin poder cumplir su más mínima obligación: confirmar y juramentar un gabinete de ministros el día de su toma de posesión.
En los siguientes seis meses de gobierno, Castillo ha tenido que reemplazar a 12 ministros, incluido el presidente del Consejo de Ministros, sustituido poco más de dos meses después de asumir el cargo. Dos de las principales carteras, Educación e Interior, han visto pasar a tres ministros cada una. En las próximas horas, tras la renuncia de Avelino Guillén el viernes pasado, el presidente nombrará a su cuarto ministro del Interior. Uno cada mes y medio.

Después de múltiples escándalos y una infructuosa moción de vacancia, parece que nos encontramos en el mismo lugar donde empezamos. Solo que, a estas alturas, la incapacidad ejecutiva de Castillo es ya un augurio consumado.

Cuando el periodista de CNN en español que lo entrevistó la semana pasada le preguntó si era “incapaz de encontrar personas adecuadas”, el gesto del presidente Castillo, visiblemente incómodo y hasta desconcertado por la pregunta, dijo mucho más que su incomprensible respuesta:

“Este es un Gobierno de ancha base, este es un gobierno de puertas abiertas. En la mañana de hoy estaba con unos expertos, por ejemplo, en economía, y me decían: ‘Déjese ayudar por los funcionarios que ya pasaron’ (…) Y qué bien, como este Gobierno que se da cuenta de que es necesario llamarla, también hay personas muy notables, muy notorias, que quieren a este país. Y yo quisiera que se acerquen. Hago un llamado a ellos, no solamente a ellos sino a los inversionistas”.

Al llamado del presidente no han respondido, en todo su mandato, demasiadas personas notables. De hecho, una de las pocas que lo ha hecho, Avelino Guillén, se ha marchado pegando un sonoro portazo. Pese al bochorno internacional, la entrevista más dañina de la semana para Castillo no fue la que él concedió a CNN en español, sino la que ofreció su entonces todavía ministro de Interior al medio Epicentro TV un día después de presentar su renuncia “irrevocable”.
En esa entrevista, Guillén, un exfiscal reconocido internacionalmente por su papel en los procesos que llevaron al exdictador Alberto Fujimori a la cárcel, tuvo palabras particularmente duras para Castillo. No solo denunció la existencia de “gabinetes en la sombra” sino que confirmó, desde una perspectiva privilegiada, lo que todos venimos presenciando: “Al Gobierno lo que le falta es rumbo, definir un rumbo. ¿Qué es lo que quieres hacer? Usted le pregunta eso al señor presidente y espera una respuesta. Yo también espero una respuesta”.

Por si esto fuera poco, también esta semana, primero gracias a un reporte periodístico y luego a la confirmación de Repsol, pudimos saber que el secretario general de Palacio de Gobierno, Carlos Jaico, se reunió con representantes de la petrolera española, cuya filial en Perú ocasionó un derrame de petróleo en el océano Pacífico calificado por el gobierno como “el peor desastre ecológico ocurrido en Lima en los últimos tiempos”. El Ejecutivo no informó en ningún momento del encuentro entre Jaico y representantes de Repsol, que tuvo lugar en la embajada de España.

Jaico reemplazó al primer secretario de Palacio, quien está siendo investigado por presunto tráfico de influencias y tuvo que renunciar luego de que se encontraran 20,000 dólares en su despacho. Ni Castillo ni nadie del Ejecutivo ha sabido explicar hasta ahora por qué el nuevo secretario —también bajo investigación por otros motivos— se reúne con representantes de Repsol a puerta cerrada en la embajada española, ni ha aclarado qué se dijo o acordó ahí. Algunos reportes periodísticos indican que el presidente se enteró del encuentro cuando el embajador español se lo comentó al día siguiente. No sé bien cuál de las posibilidades resulta peor: un secretario de Palacio manteniendo reuniones secretas con una empresa cuestionada a espaldas del presidente o teniéndolas con su pleno conocimiento sin que se informe a la ciudadanía quién sabe por qué. Al igual que otros periodistas, cuando pregunté a los responsables de prensa del despacho presidencial al respecto, no obtuve ninguna respuesta.

Si a los seis meses de iniciado el mandato, tras una semana terrible para el gobierno, alguien como Avelino Guillén, que se sumó al equipo de Pedro Castillo en la campaña de segunda vuelta, ha optado por marcharse quemando todos los puentes detrás, y ha dejado así en evidencia a un presidente incapaz de respaldar a sus mejores cuadros, mudo ante los cuestionamientos ya no solo de la prensa sino de uno de los pocos profesionales reconocidos que lo han acompañado, quizá viene siendo hora de entender que Castillo no sabe bien lo que hace o, incluso, no tiene mayor interés o capacidad para ejercer el poder.

En su famoso ensayo Verdad y política, Hannah Arendt escribió lo siguiente: “Ni siquiera el gobernante más tirano o autocrático podría llegar jamás al poder, no digamos ya conservarlo, sin el apoyo de quienes opinan de manera similar”. La renuncia y duras palabras de Guillén probablemente marcarán el inicio del fin del apoyo de aquellos que todavía piensan que “opinan de manera similar” al presidente. Cualquiera que haya prestado atención al Perú de los cinco presidentes en los últimos cuatro años, comprenderá perfectamente a dónde nos conduce ello. Y la responsabilidad, en gran medida, caerá sobre los hombros del presidente Castillo. Aun cuando se resista a comprenderlo.

The Washington Post