Opinión

Patrullero en Camino»: La Leyenda Urbana del 911 a las 2:00 a.m.

Pablo Chiriboga Núñez.

 

 

Hay una tradición no escrita en nuestros barrios que merece premio nacional a la creatividad: la privatización del silencio ajeno. Sucede casi siempre un viernes o sábado por la noche. Estás en tu dormitorio, listo para ver una película o simplemente existir en paz tras una semana agotadora, cuando el suelo empieza a retumbar. No es un sismo: es el bajo de un parlante tamaño discoteca que el vecino acaba de estrenar porque es el cumpleaños del primo de un amigo del cuñado.

En ese instante te enteras de una gran verdad urbana, grabada en piedra desde tiempos inmemoriales: tus derechos dentro de tu propia casa valen exactamente lo mismo que una promesa de campaña.

La secuencia es un arte perfeccionado, casi coreografiado. Primero llegan los juegos pirotécnicos sin aviso previo, que te hacen saltar del sillón con taquicardia; luego las ráfagas de reguetón para «calentar el ambiente», y cuando los vasos están llenos, arranca el plato fuerte: el karaoke en vivo, ese invento diabólico que convierte en la próxima estrella de Viña del Mar a la misma gente que cuando viaja a la Yoni anda calladita y hecha unos modositos. Porque si hay algo peor que música a 120 decibeles a las dos de la mañana, es un tenor frustrado desafinando un vallenato con convicción de estadio lleno. Tu televisión pasa a ser un adorno decorativo. Da igual subirle el volumen al máximo: la voz afinada a punta de alcohol de tu vecino siempre gana la batalla acústica.

Ante semejante atropello, el ciudadano promedio recurre a la última esperanza del orden civil: la llamada al 911. Ahí, tras reportar con voz temblorosa que hay una fiesta clandestina con escándalo, recibe la clásica y tranquilizadora respuesta de «tomado nota, enviamos un patrullero». Qué dulce inocencia la nuestra. La llamada al 911 funciona como un amuleto de la suerte que jamás se activa, un placebo institucional para que el vecino desvelado sienta que «hizo algo». Pasan las horas, el gallo de al lado empieza a cantar como turno extra, la fiesta entra en su fase «remate de tecno-cumbia», y el bendito patrullero sigue en camino… quizás desde otra provincia. Para cuando la autoridad decida asomarse, si es que lo hace, los festejados ya estarán durmiendo el chuchaqui del siglo, mientras tú te preparas para ir a trabajar con los ojos rojos y el pulso acelerado por la rabia.

A los organizadores les vale carpeta el descanso ajeno; su propiedad termina donde a ellos les da la gana. Tal vez la Alcaldía aún no descubre el «potencial cultural» del barrio para cobrar impuesto al «espectáculo en vivo», pero mientras tanto, a ti te toca la primera fila sin haber comprado entrada. Y si por milagro llega el patrullero, muchas veces cruza un par de frases en la esquina y se va sin resolver nada: tu llamada murió ahí. Aquí el micrófono del vecino vale más que tu derecho a descansar, y el 911 es puro decorado telefónico.