Opinión

“Patas pelás” vs.“Amadeos”

Jorge Alania Vera
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Desde Lima, Perú, para LA NACIÓN de Guayaquil, Ecuador.

 

La tradición popular hispanoamericana ha acuñado una expresión para nombrar la vida y las vicisitudes de los pequeños pueblos: pueblo chico, infierno grande. Puerto Hurraco, un par de largas calles y algo más de 150 habitantes, en la región de Extremadura, España, fue el escenario de una masacre al atardecer del domingo 26 de agosto de 1990.Los motivos: viejos pleitos de tierras, soterrados rencores familiares y un clima de tristeza y aburrimiento que va colmando poco a poco la paciencia de la gente. A los Izquierdo los bautizaron los años como los “patas pelá” y a los Cabanillas como los “amadeos”.
Los nombres de las familias son reales y sus odios también aunque la mayoría de ellos se hunden en el pasado, en episodios confusos de recordar y con nuevos protagonistas que los asumen como un mandato de la sangre. En este caso las familias Cabanillas e Izquierdo no se pueden ver desde hace décadas. Esa tarde de 1990, los hermanos Emilio y Antonio Izquierdo, asesinaron a mansalva a nueve personas, varias de ellas —incluyendo dos jóvenes de trece y catorce años— pertenecientes a la familia enemiga, e hirieron gravemente a otras doce.
Hay otros más en la historia de este reguero de muertos. El mayor de los izquierdo, Jerónimo, asesinó, años antes, al mayor de los Cabanillas, Amadeo y éstos, según la leyenda negra, se vengan incendiando la casa de los Izquierdo y matando a la madre. Los “pata pelá” no se arrepentirán de la masacre pues los “ amadeos” debían pagar con su vida la muerte de su mamá.
Las dos familias eran, como se dice ahora, disfuncionales. Años de rencor, pobreza, privaciones y tristezas inconfesables los perfilaron como asesinos, enfermos mentales, presidiarios, suicidas. Emilio y Antonio fueron condenados a 345 años de cárcel, en el juicio que siguió a su captura en la que se necesitó todo un regimiento de la Guardia Civil, pese a que se fueron a las chacras cercanas a dormir después de la matanza. Se entregaron sin aspaviento y sin pelear. Habían hecho lo que creían justo.
El hombre es un lobo para el hombre, dijo Plauto, aunque la tradición atribuye esa sentencia a Thomas Hobbes que le dio una significación política. Ello es consecuente con que el odio es más antiguo que el amor, como señala Sigmund Freud. Los “patas pelá” y los “amadeos” son una actualización de Caín y del lado oscuro del Paraíso.
Recuerdo, a propósito de Puerto Herraco y de su historia, una estrofa de un poema de Pablo Neruda: “El pueblo es gris y triste. Si estoy ausente pienso/ que la ausencia parece que lo acercara a mí./ Regreso, y hasta el cielo tiene un bostezo inmenso./ Y crece en mi alma un odio, como el de antes, intenso/ Pero ella vive aquí”