Opinión

Pasiones Argentinas Encerrarse, pero sin dar el portazo

Peronismo sincero. Vieja escuela. Ir y venir. De casa al trabajo, del trabajo a casa. No más necesidades que las económicas. Perder el deseo de lo inmediato. Que todo resulte intrascendente y sobrio. No querer salir. Llamarlo Netflix, llamarlo delivery, llamarlo como se nos ocurra.

Ir y volver con los auriculares puestos para no estar. Con un libro para no estar. Con un celular para no estar. Ni mujeres ni hombres, apenas uno en relación con sus objetos cotidianizados.

Pascal, primer filósofo del tedio, teólogo y decorador de interiores, decía que nada malo podía ocurrir mientras uno evitara moverse de su propio cuarto. En su fresca libertad individual, resultaba apocalíptico: “Toda la desgracia de los hombres proviene de una sola cosa: de no saber quedarse tranquilos en una habitación”.

Revolución de la pausa. Algunos también le dicen “claustro-capitalismo”. Mucho más cerca, Andrés Calamaro canta: “Un amigo sale poco de su casa, tiene razón, allá afuera todo el mundo va armado…”. Obvio que el míster no habla del hombre del rifle (o no solamente) sino de que todo el mundo –allá afuera- vive pertrechado, protegido, blindado.

Volver es casi todo lo que hacemos. En general, volvemos. Ir es un desplazamiento para que lo otro tenga sentido. De elegir uno de los dos, volver sin toda su dimensión poética. Volver para correrse. Para privilegiar el silencio, para evitar la tiranía del rostro humano. Para encerrarse sin dar un portazo. Para tratar de estar menos de vuelta que de regreso.

 

Fuente:  Diario El Clarín