Opinión

PASAJEROS DE INDIAS

Por: ERNESTO VERNAZA TRUJILLO/Guayaquil

En los siglos XVI y XVII embarcarse de España a América era algo más que una aventura. Entre tripulación y pasaje perfectamente podían superar 100 personas, de las cuales 7 no llegaban a destino. Sus cadáveres se deslizaban por la borda en un saco con un peso para que no floten. Una excepción, a polvo eres y en polvo te convertirás.

El puerto habilitado por la corona era Sevilla, allí se embarcaban las provisiones, los pasajeros con sus propios animales, pues flete no cubría la comida, pocos oficiales tenían camarotes, todos los demás iban apiñados en cubierta y protegían su espacio como los animales su territorio.

La organización a bordo era piramidal; el Capitán o Contramaestre debían mantener el orden y disciplina, vigilar el rumbo, que los aparejos estén bien conservados, disponer las reparaciones necesarias, etc.

Seguía el Piloto, una persona instruida, tanto en letras como en matemáticas, pues va a manejar cartas e instrumentos de navegación náutica; luego el cirujano o barbero sangrador, así llamado el médico; el fraile o cura responsable de misas, confesiones; el carpintero, no para hacer muebles, sino para reparar el barco de madera, encargado de corregir las filtraciones usando el calafate; el Sastre, pues las velas necesitaban un mantenimiento continuo, es la propulsión de la nave; el escribano llevaba las cuentas de los gastos diarios de lo que se va consumiendo, por lo que anotaba todo y tenía la llave de las escotillas que daban acceso a la bodega; los Marineros, este término definía a todos los tripulantes a órdenes del contramaestre; los grumetes, jóvenes de 16 a 20 años aprendiendo el arte de navegar y servir como ayudantes en las maniobras ; finalmente los pajes, jóvenes de 12 a 16 años dedicados a la limpieza y al aseo de la cubierta usualmente llena de excrementos.

No habiendo cómo distanciar a los enfermos de lepra, malaria, tifus o sarampión, el contagio era inevitable. Para las cucarachas, chinches, pulgas, piojos, era agosto todo el año.

Dos alimentos claves son el bizcocho y el vino; todos los demás alimentos y el agua se pudrían y dañaban durante el viaje. El biscocho, es decir, bis de dos y cocho de cocido, dos veces cocidos, no eran dos veces sino 5 de manera de ir eliminando cada vez más agua, con lo cual evita que se deteriore, podría tener una duración a bordo de hasta dos años. Tenía que remojarse con vino para hacer una sopa que se  llamaba mazamorra.

Descomían en un hueco que había en popa, con la nalga al aire, privacidad ninguna. El agua del mar hacía las veces de chorrito limpiador cuando salpicaba, cuentan los chismosos que los tiburones probaban bocado de las más nalgonas cuando el barco se escoraba.

La comida se cocinaba en un fogón en proa que se encendía en las mañanas y se apagaba enseguida, pues no podía quedar pavesa porque se incendiaba todo, las raciones de agua máximo dos litros por día.

Sin traer a colación ni partidos políticos, ni asambleístas, en ocasiones las ratas fueron alimento muy buscado, tanto que se pagaba hasta medio ducado por cada una de ellas.

Higiene, sin baño dos a tres meses, vómitos por doquier, se cambiaba la camisa entre una o dos veces a la semana y de pantalón uno mensual.

Distracción: música con guitarras o flautas que servían también para dar órdenes. Se jugaban a las cartas y los dados, pese a que en el concilio efectuado en Aix en 1585 la Iglesia Católica prohibió jugar cartas, dados o cualquier otro juego similar, e incluso estar como espectador. Usualmente había entre 8 y 10 personas a bordo que sabían leer, lo hacían en voz alta para agradar al prójimo.

Peligros: el tiempo, ataques corsarios, buques enemigos, encallar, tormentas, accidentes, incendios por el fogón o por la pólvora. Se calcula que unos 700 barcos se hundieron entre los siglos XVI y XVII.

En caso de naufragio, primero necesitamos oficiales y tripulantes sanos y fuertes para mover remos, es decir, los más útiles para sobrevivir, niños, ancianos y mujeres que esperen su reencarnación y aprendan a nadar.

Se acaban de ahorrar al leer algunos libros que narran  las costumbres de esa época.

¡De nada!