Opinión

PAR DE ENGREIDOS

Ing. Agr. Gonzalo Gómez/ Guayaquil

Parece una vulgar competencia de pulso entre dos bravucones, frente a frente, brazo contra brazo, apretando las manos, con los codos clavados sobre la espalda de un pueblo confundido, sangrante, adolorido. Uno amenaza con intensificar su fuerza sin importar consecuencias, y el otro solo mira el horizonte mostrando su desprecio por la advertencia y sus secuelas. Una verdadera batalla de egos donde se apuesta la capacidad de agigantar su propia arrogancia, aún a costa del bienestar popular.

Uno utiliza a un pueblo nativo, humilde, ingenuo, discriminado, resentido, y el otro manipula la petulancia de una población plástica que sueña elevar su nivel social solapando al de cuello blanco. A nadie le importa si ninguno fundamenta su posición en la razón, lo único que interesa es tomar partido por lo que cada uno representa: abolengo y alcurnia o carencia y rebeldía. Las mentiras de lado y lado desdibujaron los objetivos y ahora creen que se trata solo de ellos, que simplemente apoyas o estás en contra del uno o del otro. ¡Qué soberbia! ¿Qué se ha creído este par? Su delirio de grandeza los ha cegado tanto que no son capaces de discernir y mucho menos sentir compasión por quienes están afectando con sus caprichos.

Nadie gana con esta intolerancia y necedad, sin embargo apenas un poco de humildad podría catapultarlos hasta la cúspide de la aceptación general; pero ninguno tiene la valentía de asumirla porque su objetivo no es el bien común, sino satisfacer sus egoístas apetencias personales. Pobres ilusos, su prepotencia los ha hecho creer que el mundo gira para ellos y que todos deberían moverse al compás del chasquido de sus dedos. Aquello del diálogo, la apertura y disposición es puro humo que solo sirve para la televisión y para ocultar sus abyectos propósitos.

Mientras tanto nuestras ciudades, carreteras, empresas, comercios y el pueblo mismo, sufren la violencia de una mal entendida protesta que manipula el hartazgo de un conglomerado insatisfecho, necesitado, pobre, vilipendiado; permitiendo que se aprovechen grupos aislados que se camuflan para robar, asaltar y realizar actos vandálicos. Pero esto lo sabíamos todos y con mucha antelación ¡no fue ninguna sorpresa! El gobierno tuvo el tiempo necesario para impedirlo, o por lo menos disuadirlo o minimizarlo, pero no pasó ¡ni siquiera lo intentó! Tal vez pensó que dar el primer paso para evitar el sufrimiento de su pueblo hubiese sido humillarse, acobardarse, desvalorizarse; o a lo mejor creyó que ser valiente era mantener su necedad contra todo razonamiento, y no apelar a la sensatez para encontrar solución.

Se creen iluminados y solo han demostrado ser un par de torpes engreídos, aferrados uno a su estupidez y el otro a su soberbia… ¡patético!