Opinión

Palestina, una sociedad herida

María Sevillano

@Efe

Desde que comenzara la ola de violencia a principios de mes, cientos de jóvenes y adolescentes palestinos han sido heridos por fuego israelí en los disturbios que sacuden Cisjordania y a algunos les quedarán secuelas para el resto de sus vidas.

La Media Luna Roja cifra en más de 7.000 los palestinos heridos en Cisjordania, Jerusalén Este y Gaza, de los que 410 lo fueron por munición real, 1.485 por balas recauchutadas, 4.221 por gas lacrimógeno y el resto por golpes o caídas al participar en protestas contra el Ejército israelí o encontrarse en el lugar equivocado.

“Gran parte de las heridas se curan y dejan como secuela una cicatriz, pero otras causan paraplejias, tetraplejias, comas, fracturas de huesos u órganos, largos procesos de rehabilitación, etc”, explica a Efe el doctor Samir Saliba, director de Urgencias del Hospital de Ramala.

Saliba muestra imágenes recientes de pacientes, una de ellas de una bala recubierta de caucho de 10 milímetros de calibre alojada en el centro exacto del cerebro de un joven que se recupera de un coma.

Otra de estas balas se acomodó a un centímetro escaso de la médula espinal de Dalia Nasser, de 26 años. A su paso sesgó parte del pulmón y rozó su corazón.

Hasta que sea sometida a una nueva intervención para extraerle la bala, respira con dificultad y se mueve lentamente mientras su voz sin inflexiones cuenta cómo fue herida en el pecho por un tirador israelí en una protesta -sin que ella lanzara piedras, remarca- contra el asentamiento judío de Bet El, a las afueras de Ramala.

Según esta licenciada en Relaciones Internacionales, los jóvenes que participan en las manifestaciones superan el temor a ser heridos y permanecen “desarmados frente a uno de los ejércitos más poderosos del mundo” porque la realidad de sus vidas “está vinculada a la ocupación israelí, que condiciona cada mínimo detalle”.

“Empiezas a perder el miedo porque se han llevado tu dignidad y no tienes otra opción. Tenemos una ocupación que te quita la vida, mata a tus amigos y te deja sin todas las cosas por las que vivirías. Al menos decidimos tener dignidad”, dice a Efe.

Con las protestas “recordamos que vivimos bajo ocupación, que debemos luchar hasta que nos deshagamos de ella y eso nos hace vivir con odio y rabia. Les odiamos también por hacernos vivir con estos sentimientos que se vuelven incluso contra nosotros. Manifestarnos nos ayuda a canalizarlo y hace que el miedo disminuya”.

El psicólogo Naser Abu Matar dirige una organización en Ramala que ofrece terapia psicológica y social a niños y adolescentes, muestra de la dureza de un conflicto que convierte a niños en adultos y les roba parte de su presente y futuro con la pérdida de un ojo, de un miembro, de la capacidad de movimiento y, también, de la inocencia.

“Cuando alguien es herido se siente furioso. Están enfadados, nerviosos y, al mismo, tiempo se sienten líderes y honrados porque creen que con su dolor están ayudando a la liberación de Palestina. Les daría igual sacrificar cualquier parte de su cuerpo”, explica.

Abu Matar trata de suprimir la violencia que crece en su interior tras cada herida, evitar que sufran frustraciones cuando la atención social se desvía o la tristeza se apodera de ellos, apartándoles en casos de su familia, amigos, de la escuela o de sí mismos.

“Muchos cambian de comportamiento. Si por ejemplo, antes no rezaban, se convierten en devotos. O viceversa. Otros acusan principios de depresión y algunos se convierten en peligrosos para ellos mismos. Se automutilan o juegan con la idea de suicidarse”.

Milad (nombre ficticio) perdió un dedo y su trabajo tras un balazo en un pie durante una manifestación; no puede cargar peso con un brazo y se siente acomplejado e “incompleto”.

Sentado junto a él Tamer Yabarín, de 17 años, porta una prótesis de cristal que reemplaza su ojo izquierdo, reventado por una bala recauchutada a las puertas de la mezquita de Al Aqsa (Jerusalén) cuando trataba de escapar del lugar.

Milad asegura que no abandonará las protestas y que no tiene miedo a que le hieran de nuevo. “Voy por los que se sacrificaron por nuestra libertad”, afirma.

Nadia tiene problemas de sensibilidad en parte de su brazo por un proyectil que arañó sus tendones, mientras otro le impactó en el cuello reforzado de su chaleco antibalas cuando trabajaba para una organización como fotógrafa.

“Tenemos una sociedad inválida llena de gente con síndrome postraumático, estrés, problemas psicológicos e invalidez temporal o permanente en un entorno en el que estos problemas son aún un estigma y una carga para las familias”, lamenta

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