Opinión

Oro Teatral

Enriquece  y dignifica mi currículo de espectador  la   puesta en escena de la ya legendaria obra Hamilton en el Centro de Bellas Artes de Santurce. Integro la misma al puñado de representaciones inolvidables que mi memoria no se cansa de evocar.

El estreno mundial de Los soles truncos de René Marqués, el regio dramaturgo boricua cuyo centenario transcurre el año en curso. La producción londinense de Evita, con Elaine Paige en el papel  protagónico.  La puesta escénica en Barcelona de A puerta cerrada, de Jean Paul Sartre, interpretada por Nuria Espert, Adolfo Marsillach y Gema Cuervo.  La representación en México de Hogar, con  Ignacio López Tarso en el papel principal. La representación en San Juan de Puerto Rico de El maestro con Teófilo Torres en el papel principal. La  representación en Broadway de Madre Coraje con Anne Bancroft en el papel principal. La representación en Sevilla de La ballena blanca con Vittorio Gassman en el papel principal. La  representación en Lima de Fulgor y muerte de Joaquín Murieta, de Pablo Neruda,  justo los días siguientes al pinochetazo.

Escribí la ya legendaria obra al referirme a Hamilton.  Al adjetivo legendaria le pospongo un adverbio: merecidamente. Pues el talento de Lin Manuel Miranda desborda la excepcionalidad.  Un talento excepcional que se hace patente apenas el escenario iluminarse y la vida del emigrante caribeño Alexander Hamilton cobrar  vida de forma vertiginosa, sugestiva, ardiente.

La vida y la época. La historia y la  intrahistoria. La política y su compañero inevitable: el oportunismo feroz. Ese oportunismo imparable que descarrila la posibilidad de mejorar la condición de la criatura humana y del lugar donde acontece su única vida.

El despliegue de creatividad innovadora y pertinente que Hamilton engloba impide el reposo de la pupila y el oído del espectador. Tampoco la razón se desconecta de la sustancia que arma la trama de Hamilton: la dificultad colosal de edificar un país sobre el tirijala colonial.

Del festín para la mente y el sentimiento a que aviene la obra Hamilton me emociona, en especial, el desagravio racial. Que actores negros interpreten personajes históricos blancos, que en el elenco se distingan actores de raíces hispanas, asiáticas,  caucásicas, supone una apuesta formidable a la gloriosa diversidad humana. Si el arte no refuta los supremacismos ideológicos y morales, raciales y  sexuales, hay que ponerlo en entredicho.

La  coreografía visionaria de Andy Blankenbuehler, la uniforme calidad  actoral,  la presencia electrizante de Donald Webber Jr. como el oportunista Aaron Burr, le añaden resplandor al oro de ley que enmarca a  Hamilton por cortesía del artista fuera de serie Lin Manuel Miranda.

Posdata

1.Aprovechando el éxito arrollador de Hamilton,  sabiendo del azotazo descomunal que el huracán María nos propinó, el famoso animador de la televisión norteamericana Jimmy Fallon vino a Puerto Rico a realizar lo que bautiza una carta de amor. Como puertorriqueño me halaga dicha carta. Sin embargo, Jimmy Fallon no me engaña.

Cuando lo vi piquetear y bracear con tal enjundia,  al compás de unos timbaleros que le sacan fuego al cuero, cuando lo vi gozarse la bomba y la plena  de verdad, me venció la suspicacia. De seguro que el gringo amable tomó un crash course con  Modesto Cepeda o con los Hermanos Ayala o con el Junte Loiceño o con Bembelé para bailar  áfricamente con tamaña maña. Maña generosa desde luego, maña solidaria.

Autor: Luis Rafael Sánchez,Puerto Rico.