Opinión

Opinión: Entre la crítica legítima y la deformación del periodismo.

Dr. Jorge Alberto Norero González/Guayaquil.

 

 

 

Cuando decidí incursionar en las ciencias de la comunicación, lo hice convencido de que el periodismo es, ante todo, un ejercicio intelectual. No basta con escribir bien o hablar con soltura. Se requiere conocimiento profundo, rigor, método y una comprensión amplia de la realidad que se pretende analizar.

El periodismo —y con mayor razón el de opinión— implica una responsabilidad enorme. No es solo lo que se dice, sino cómo se dice y desde dónde se dice. Porque en este oficio sigue vigente aquella máxima: uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que dice.

En ese marco, es necesario distinguir. No toda crítica es igual, ni todo crítico responde a los mismos estándares.

Existen periodistas con estilos frontales, incluso duros, como Martín Pallares y Roberto Aguilar. Sus opiniones pueden incomodar, generar desacuerdo o incluso rechazo en determinados sectores, pero forman parte del debate democrático. La crítica, cuando es libre, siempre será incómoda para alguien.

Sin embargo, una cosa es la crítica firme y otra muy distinta es la degradación del oficio.

El problema no está en quienes opinan con vehemencia, sino en aquellos que han renunciado al periodismo para convertirse en operadores. Periodistas que alquilan su pluma, que subordinan su voz a intereses económicos o políticos, que reciben consignas y las replican disfrazadas de análisis. Esos no incomodan al poder: lo sirven.

Ahí es donde el periodismo deja de ser contrapoder y se transforma en herramienta de manipulación. Y eso sí es peligroso.

También es válido decirlo: la crítica permanente, sin matices, sin capacidad de reconocer aciertos, termina perdiendo fuerza. Cuando todo es denunciable, nada termina siendo verdaderamente relevante. El exceso de confrontación desgasta el mensaje y debilita la credibilidad.

El país no necesita unanimidades, pero tampoco necesita trincheras mediáticas.

Frente a un gobierno como el de Daniel Noboa Azín —con aciertos, errores y enormes desafíos— el rol del periodismo no es aplaudir ni demoler sistemáticamente. Es fiscalizar con independencia, cuestionar con argumentos y aportar al debate público con responsabilidad.

Ser crítico no es ser opositor permanente. Y ser frontal no implica renunciar al equilibrio.

El verdadero periodismo no milita, no obedece y no se arrodilla.

Y cuando se equivoca —porque todos lo hacen— tiene la grandeza de rectificar.

Porque al final, más allá de nombres propios, lo que está en juego no es la reputación de uno u otro periodista, sino la credibilidad de todo un oficio.

Semper Fi.