Opinión

Online gambling business ¿Felices ludópatas?

Ninive Alonso/España

Abogada, Filósofa Y Philosophical Practitioner.

ninivealonso@hotmail.com

Para La Nación de Guayaquil, Ecuador.

 

El juego online es uno de los mayores problemas sociales de nuestro siglo: utilizando los mismos esquemas de ganancia económica verdad-engaño, manipulación y seducción visual acentuada con publicidad de refuerzo inmediato de los antiguos casinos, ha encontrado en internet el compañero perfecto para el business: ¡la facilidad de jugar a escondidas!

Nos han dicho que “gracias al móvil” hemos atravesado el duro confinamiento pasado por la pandemia de la manera más amena posible: atentos a las últimas noticias, realizando videoconferencias con nuestros familiares y entretenidos con las redes sociales, ¡maravilloso! pero lo que no se ha dicho, interesadamente, es el preocupante aumento, a través del móvil, de las apuestas online, juegos de casino, ruleta o a las nuevas slots online, las tragaperras de última generación, que están haciendo el negocio del siglo con patente de corso de los gobiernos.

Veamos, seguramente, todos tenemos en mente la imagen de un hombre en la esquina de un bar que se toma un café de un trago frente a las tragaperras y que metiendo los primeros veinte céntimos de la vuelta acaba por cambiar varios billetes hasta introducirlo todo en la máquina; él mira a su alrededor y dada la vergüenza interna propia del que sabe que es adicto –aunque no lo reconozca – pide una nueva consumición que acaba ya sin gas y a medio beber, con el único objetivo de cambiar otro billete que acabará metiendo en la máquina ¡game over! ¡change! ¡insert coin!

Lo peor que puede ocurrirle es una sonrisa de satisfacción porque le haya tocado un premio, lo depositará todo en la barra haciendo pequeños montones, sin necesidad de contar porque ya sabe el bulto de diez, cambia en billetes y deja unas monedas para “cerrar” el día de juego, pero luego… ¡vuelve a sacar los billetes y vuelve a cambiar! y así, hasta que todos se van y el sigue y sigue, ese día y otro día y en ese bar y en otros bares.

Todos conocemos a alguien que es adicto al juego, bien al casino, al bingo, a las apuestas, a la lotería o a las máquinas, es un problema social desde hace años.

Pero lo que resulta infinitamente más grave no es sólo que las economías estatales se lucren de ello, como siempre, sino que es tolerado y fomentado por los gobiernos que las adicciones al juego sean encerradas tras las puertas de las casas.

Que esa adicción se circunscriba al ámbito privado e íntimo, que es lo que está posibilitado y fomentado con las nuevas formas de juego online, es convertir el consejo de “juega con responsabilidad” en “juega donde nadie te vea” para que las élites político-legislativas que deben proteger a la sociedad no se encuentren comprometidas con el problema, porque el problema no se ve.

Resulta vergonzoso permitir anuncios de las nuevas slots online o tragaperras de última generación, por ejemplo, que ya pasan de los conceptos de diversión a los de venta de felicidad: un anuncio de una casa muy famosa de apuestas nos enseña un hombre amargado que comienza a jugar y pasa de ceño fruncido y mueca de tristeza a expresión de alegría, cara risueña e iluminada, ojos abiertos, pupilas dilatas y por supuesto un gran sonrisa de felicidad.

Permitir este tipo de anuncios, que comprometen nuestro bienestar social jugando con los duros problemas que acarrean las ludopatías es una ética social de subsuelo, es decir, es algo más que mirar hacia otro lado y algo más que taparse los ojos, es algo así como barrer para debajo de la cama, fingir que algo está limpio sabiendo que se ha escondido la suciedad para que no se vea.

Es decirnos a la cara, que la publicidad y el negocio está por encima de nuestra salud, y que los intereses del juego son mayores que los intereses de nuestro bienestar emocional, es invitarnos a convertirnos en felices ludópatas.

Es decir, en adictos alienados, en ciudadanos no conscientes y por lo tanto no revolucionarios. “Panem et circenses”, pan y circo.