Opinión

Obsesión y limerencia (II)

Diego Almeida Guzmán/ Quito

Forbes Ecuador

 

Las dos son conductas complementarias. El pavor que tiene de ser descalificado, por estratos sociales a los que no pertenece pero a los que quiere acceder, le obliga a refugiarse en su aislamiento. Por ende, se rodea de grupos minoritarios o de perdedores que lo abrigan a falta de aceptación social.

Las ciencias sociales hicieron suyos los fenómenos que nos ocupan, en particular el de la obsesión a partir de lo que representa en el campo sociopsicológico. Es una sicopatología que hasta entrado el siglo XX fue conocida como “neurosis obsesiva”, y que pasó a ser identificada como “trastorno obsesivo-compulsivo”. Las teorías de S. Freud al respecto se manifiestan para la sociología en la manipulación de acciones y omisiones hacia el propósito pretendido.

Para el austriaco, un acto obsesivo si bien “aparentemente” es de defensa contra lo prohibido, en realidad solo es la reproducción de lo prohibido. En función de esta aproximación sociogénica, algún analista freudiano sostiene, por ejemplo, que los obsesivos del aseo se dedican a forcejar en la suciedad. Es el caso de los limerentes políticos que se colman de palabras en contra de la corrupción, siendo sin embargo intrínsecamente corruptos. Se preocupan de modo obsesivo por transmitir su pulcritud ética pero son mugrientos en su esencia.

En paralelo con lo romántico – al ser la limerencia en su origen un sentimiento de tal orden – se nos vienen a la mente aquellos que habiendo sufrido desengaños amorosos por infidelidades de sus parejas, se obsesionan por controlar a quien sustituyó a la engañadora. En política esto se revela mediante el celo por exigir de los partidarios ideológicos lealtad más allá de la razón o libertad de pensamiento. Las “víctimas” de estos limerentes son, por lo general, individuos pusilánimes, carentes de amor propio, proclives a ser humillados. Siguen al cabecilla a sabiendas de que no es un líder honroso pero un caco más del sistema… para estos ser tomados algo en cuenta es suficiente.

Otra de las obsesiones nefastas para el “bienhacer” social es la religiosa, con profunda raigambre en la ignorancia y consiguiente irracionalidad. El teólogo francés del siglo XVII/XVIII, J. J. Duguet en su Tratado de los escrúpulos, aborda la materia. Afirma que los escrúpulos místicos, verdaderas obsesiones, se motivan en falsas ideas de la justicia divina… y en cierta tendencia a buscar consuelo en la devoción ante todo tipo de dificultades, en lugar de enfrentarlas pragmáticamente. Complementa su teoría con lo que denomina “fondo melancólico” que ofusca la razón, lo dice textualmente, y hace que los objetos y situaciones sean percibidos e interpretados de manera anómala. El inglés R. Burton (The anatomy of melancholy) había identificado casos de seres que en profunda angustia por haber blasfemado se resistían a caminar por las calles temerosos de desvanecerse o morir.

En los tres escenarios reseñados se da una característica común. El delirio de persecución. Los sucios, los cornudos y los cándidos místicos – que en sociopolítica equivalen a los descompuestos, a los desconfiados de que su ideología se consolide y a los pseudoteólogos – viven en constante atención a cualquier manifestación de terceros que pueda implicar cuestionamiento a sus artificiales y adulterados convencimientos. Así adoptan posiciones, por un lado, defensivas y, por otro, beligerantes frente opositores reales o potenciales. En tal sentido, fraguan conflictos comunitarios. En particular, el populismo inicia su acción generando antagonismos entre “clases sociales” a través de mensajes tergiversantes que aspiran a desencadenar verdaderas luchas de clase.

Una de las mayores “habilidades” del populismo es su capacidad de aglutinar a su rededor tendencias de toda la dispersión política. Siendo que carece de ideología, acomoda su actuar para, en la medida necesaria, satisfacer tanto a la derecha como a la izquierda. Las dos, de manera oportunista, pliegan al líder populista cuando de tal arrugue pueden sacar provecho económico: por la plata baila el perro… y por el oro, perro y perra, dice un adagio. De allí su auge en el continente sudamericano. La obsesión de ciertos segmentos de ambas fracciones ideológicas por enriquecerse a toda costa los conduce a claudicar ante cualquier limerente.

Por último, el limerente es un ser temeroso del rechazo y con predilección por la soledad. Las dos son conductas complementarias. El pavor que tiene de ser descalificado, por estratos sociales a los que no pertenece pero a los que quiere acceder, le obliga a refugiarse en su aislamiento. Por ende, se rodea de grupos minoritarios o de perdedores que lo abrigan a falta de aceptación social. Sin embargo, y aquí lo sui-géneris, los mismos limerentes sí que llegan a tener entrada en segmentos con escasa capacidad de raciocinio.

Las naciones en que obsesivos y limerentes políticos tienen presencia están convocadas a reaccionar a tiempo. (O)