Opinión

Nuevo Año en Nueva York

Gonzalo Escobar Villavicencio

gonzalo_escobar7@hotmail.com

Leonardo Escobar Bravo

leonardoescobarb@hotmail.com

El recibimiento del Nuevo Año en Nueva York es un fenómeno internacional; cientos de miles de personas se reúnen en Times Square para celebrar este evento; evento que tiene 111 años llevándose a cabo, y, por supuesto, elaborando toda una historia en el camino.

En 1904 la ciudad de Nueva York se encontraba al borde de cambios enormes –y no sorpresivamente, muchos de esos cambios tuvieron origen en las bulliciosas y desbordantes calles de Times Square. Dos innovaciones que definirían la Encrucijada del Mundo debutaron en 1904: la apertura de la primera línea del metro subterráneo, y la primera celebración del Año Nuevo en Times Square.

Esta fiesta sin precedente conmemoraba la inauguración de los nuevos cuarteles de The New York Times. El propietario del periódico, e inmigrante judío-alemán, Adolph Ochs, había presionado con éxito para que la ciudad renombrase el distrito, el Longacre Square, en honor a su famosa empresa (un artículo contemporáneo en el New York Times acreditaba a August Belmont, presidente de la Interborough Rapid Transit Company, por sugerir el cambio a la Comisión de Tránsito). La sensacional Times Tower, postrada en un pequeño terreno triangular en la intersección de la 7ma Avenida, Broadway y la Calle 42, era entonces el segundo edificio más alto de Manhattan.

Esta Times Tower fue el centro de una celebración de fin de año como nunca se había visto antes. Adolph Ochs no reparó en gastos para asegurar lo que se convertiría en una fiesta legendaria. Durante todo un día las calles de la zona rugieron con euforia por el festival que culminó con un show de fuegos artificiales disparados desde la base del edificio, y desde la medianoche se escuchaba el ruido que con entusiasmo generaban los trasnochadores, cuyo número se contaba por los 200,000, y cuya alegría, se dice, podía escucharse kilómetros a la redonda, desde aquel foco de luces y música donde festejaban.

El éxito de aquella noche fue tal que Times Square se convirtió instantáneamente El lugar para recibir el Nuevo Año en Nueva York, reemplazando la Iglesia de la Trinidad en el Bajo Manhattan. Muy pronto, esta celebración cobró una fama legendaria que capturaba la imaginación del mundo entero.

Dos años después de la primera fiesta, la ciudad prohibió la exhibición de fuegos pirotécnicos por razones de seguridad. Ochs encontró la solución en una nueva forma de hacer espectáculo: encomendó hacer una bola gigantesca de madera y hierro, iluminada en su totalidad y que pesaba unas 700 libras, la cual descendería por el mástil del edificio, a la medianoche, para señalar el fin del 1907 y comienzo del 1908.

En 1914, Times Tower resultaba muy pequeña para The New York Times, haciendo que se reubicaran en 229 West 43rd Street. Pero para entonces, Año Nuevo en Times Square era ya una celebración permanente en la cultura estadounidense.

Durante 1942 y 1943, la bola brillante fue cancelada temporalmente por el recorte de luz durante la Segunda Guerra Mundial. Las multitudes que de todas formas se reunieron en Times Square aquellos años recibieron el Año Nuevo con un minuto de silencio, seguido por el sonido de campanadas que unos camiones emitían desde la base de Times Tower.

Hasta 1961 Times Tower había sido propiedad de The New York Times, pero fue comprada entonces por Douglas Leigh, quien era responsable de diseñar y montar muchos de los espectaculares anuncios que adornaban Times Square. Leigh desnudó la torre hasta su esqueleto de acero, y la revistió de mármol blanco como la nueva sede Allied Chemical Corporation.

Hoy, el edificio ahora conocido como One Time Square, reúne a su alrededor un número de gente cada vez mayor, que esperan por horas en el frío invernal para presenciar la famosa caída de La Bola. Se estima que una audiencia mundial, la cual supera el billón de personas, televisa la ceremonia cada año. Este grandioso evento es, prácticamente, la bienvenida global del año nuevo, y aquellos que presencian el espectáculo en vivo y conservan aún algo de energía, se dispersan por las calles de la Gran Manzana para continuar la fiesta en clubes, bares, y fiestas privadas o públicas.

Personalmente, debo añadir, es mejor ver la gran ceremonia desde un costado lejano de la calle, o televisarla, y no pasar todo un día de tortura; después –al menos así fue este año– dirigirse al East Village o permanecer por el centro de la ciudad para encontrar una colosal y frenética fiesta de Nuevo Año.

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