Opinión

Nueva Constitución en Chile: De ‘la casa de todos’ a una a la medida de la élite

Yasna Mussa es corresponsal y reportera freelance en Chile, además de cofundadora de revistalate.net y mediambiente.cl.

Desde que se hizo entrega oficial del borrador de la nueva Constitución, el pasado 4 de julio, han desfilado toda clase de ideas y alternativas propuestas por quienes llaman a rechazar el texto en el plebiscito que se celebrará en septiembre próximo. Ante el revuelo, el presidente Gabriel Boric dejó ver un plan B en caso que la mayoría de los chilenos decidan no aprobarla.

“Chile votó de manera clara en un plebiscito que quiere una nueva Constitución, pero no votó solo esto, votó que quería una nueva Constitución escrita por un organismo especialmente electo para ese fin (…) Y de ganar la alternativa de rechazo, lo que va a pasar es que vamos a tener que prolongar este proceso por un año y medio más, en donde va a tener que discutirse todo de nuevo a partir de cero”, dijo Boric a dos periodistas que lo visitaron en La Moneda el pasado 15 de julio.

Tal como en los inicios, Chile Vamos, la alianza de partidos de derecha, se ha mostrado reticente a que, en caso de repetirse el proceso, se garanticen escaños reservados, la paridad y el espacio para los independientes. Estos derechos y accesos fueron una verdadera conquista en este proceso constituyente que, tan imperfecto como ha sido, ha significado un avance notable para minorías históricamente excluidas. Se dice que la salida debe ser un proyecto que represente “la casa de todos”, pero declaraciones como las de Javier Macaya, presidente de la Unión Democrática Independiente dejan en claro que ese “todos” no incluye a pueblos indígenas, como tampoco pretenden asegurar la participación de las mujeres. “El tema de pueblos originarios e independientes fue un error de diseño”, dijo el senador Macaya en una reciente entrevista en la televisión.

Este martes 19, Manuel José Ossandón, otro senador a favor del Rechazo se refirió a la plurinacionalidad en la propuesta de nueva Constitución, asegurando que “en vez de reconocer como corresponde, transformaron a los pueblos originarios en ciudadanos de primera clase y a los chilenos que no son de pueblos originarios, de segunda clase. Por ser parte de un pueblo originario vas a tener un cupo reservado en todos los estamentos del Estado”.

Resulta abrumadora la ausencia de debate en este punto del proceso, en donde una de las partes, la Convención, entregó una propuesta que contiene 388 artículos que, más allá de los gustos personales, son el resultado de 12 meses de trabajo a contracorriente; mientras, quienes promueven el Rechazo han desaprovechado la abundancia de micrófonos y, en vez de rebatir estas ideas, caen en generalizaciones o derechamente en mentiras.

Es en ese mundo paralelo donde habita buena parte de las élites empeñadas en frenar cualquier avance que vaya en dirección contraria a sus intereses y desde donde insisten en hablar en nombre de todos. Prometen “rechazar para reformar”, pero confiar en ese eslogan sería —a estas alturas y con los hechos como evidencia— entregar un cheque en blanco a un grupo de elegidos que solo valida a expertos de su mismo sector y que por más de 30 años se negó a promover o ejecutar cualquier cambio significativo para la sociedad, como el derecho al aborto en tres causales o el divorcio, por nombrar solo algunos. La casa de la que hablan parece más la protección de un espacio exclusivo por el que se pasean los mismos iluminados a quienes se les consulta como líderes de opinión, aunque hayan perdido las últimas elecciones y no representen a nadie más que a ellos mismos, casi siempre hombres y conservadores, que se escandalizan con reformas y que creen que solo su manera de percibir el mundo es la correcta.

Su análisis refleja muy bien la incomodidad que todo este proceso ha causado en las élites desde que la ciudadanía tomó las calles, pues buena parte de ese grupo minoritario insiste en decirle que ya eligió cómo se deben hacer las cosas para que ellos puedan dar su visto bueno.

Estamos frente a una campaña desigual, en donde la opción Rechazo no solo lleva meses financiando campañas de desprestigio en redes sociales, sino que concentra 98% de los dineros donados para la campaña electoral. A poco más de un mes del plebiscito de salida, donde el voto será obligatorio, el Apruebo tiene aún la posibilidad de abrirse camino llevando los párrafos de su texto allí donde las élites no llegan. Después de todo, los resultados de las últimas elecciones han dejado en ridículo no solo a las encuestas, sino que también a quienes pretendían seguir gobernando desde una burbuja hecha a su medida y avalada solo entre quienes se parecen.

The Washington Post