Opinión

NUESTRA REFLEXIÓN DIARIA

Pra. Miriam Florencia L./Guayaquil

 

Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne.  Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra. Ezequiel 36:25-27

Esta profecía  escrita para el pueblo de Israel y que todavía no ha tenido su cumplimiento, también puede ser aplicada a todo aquel que cree en Jesucristo y lo recibe en su corazón como su Señor y Salvador. El agua tiene como propiedad principal no solo calmar la sed sino también limpiar, y esto es lo primero que hace el Señor cuando entra en el corazón de un nuevo creyente, perdona sus pecados, los borra y  limpia la  inmundicia  con la cual se llega a sus pies.  Lo segundo que el Señor hace es darle un corazón nuevo, un corazón moldeable por Él, no duro, no obstinado, no incrédulo, para que de esta manera empiece a cambiar de mentalidad, pues todo tiene su origen en el corazón, de él proceden los buenos y los malos pensamientos, y finalmente la obra del Espíritu Santo que quita el velo del entendimiento que antes lo enceguecía para no poder entender el llamado de Dios.  La presencia del Espíritu Santo es la que le lleva a toda la verdad, a entender la Palabra, a discernirla y a ponerla por obra, para que de esta manera vaya creciendo día a día en el conocimiento de su Palabra y poniendo en práctica todos sus estatutos y preceptos.  Este es el proceso de transformación que la sangre de Jesucristo hace en todo aquel que lo busca de corazón, creyendo que Jesucristo para esto murió en la cruz del Calvario, pero resucitó, y con su resurrección venció a la muerte  ofreciéndole a usted la oportunidad de reconciliarse con el Padre y recibir el regalo de la vida eterna.