Opinión

NUESTRA REFLEXIÓN DIARIA

Pra. Miriam Florencia/Guayaquil

Venid, oíd todos los que teméis a Dios, y contaré lo que ha hecho a mi alma. A él clamé con mi boca, y fue exaltado con mi lengua. Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado. Mas ciertamente me escuchó Dios; atendió a la voz de mi súplica. Salmo 66: 16-19

Escuché alguna vez a una persona que había sido secuestrada, estar en oración todo el tiempo de su secuestro, y luego cuando fue rescatado, estaba tan feliz que no paraba de contar a sus amigos y a todos los que le escuchaban cómo había sido liberado gracias al favor de Dios. Esto mismo es lo que expresa el salmista en este salmo. Lo primero que hizo fue llamar a todos sus amigos, a los que conocían a Dios y les contó lo que el Señor había hecho en su vida. El salmista dice que pasaba mucho tiempo orando, lo exaltaba y adoraba su santo nombre, tenía esta libertad para adorar a Dios porque en su corazón no había pecado, por eso no había nada que estorbara su oración, su corazón estaba confiado en el Dios de su salvación. Por tal razón si usted está pasando momentos difíciles, clame a Dios con todo su corazón, exáltelo y adórelo por lo que Él es, el Todopoderoso y sobre todo examine su corazón para ver si no hay en él nada que estorbe la oración. Muchas veces hay situaciones que están guardadas allí precisamente en el corazón pero que deben ser confesadas delante del Señor para que de esta forma nada impida que el Señor escuche su clamor.