NUESTRA REFLEXIÓN DIARIA
Miriam Florencia/Guayaquil.
Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos. Y por esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial. 2 Corintios 5:1-2
Nuestro cuerpo o morada terrestre es aquel tabernáculo que cubre el alma, pero cuando llegue la muerte física va a desaparecer, es un cuerpo corruptible, pero en Cristo Jesús tenemos una mansión no hecha por obra humana, sino que es eterna, es inmortal. La muerte que da paso a la destrucción del cuerpo no nos deja desnudos delante de Dios, por el contrario, nos reviste de lo celestial, de lo eterno, por eso el apóstol menciona que debemos desear con toda el alma, a tal punto de gemir, ser revestidos de ese cuerpo inmortal, una vez que hayamos partido de este mundo para encontrarnos con nuestro salvador, el Señor Jesucristo, quien prometió preparar morada para todos aquellos que confiemos y creamos que Él es el Salvador y Señor de todos los que lo hayan recibido en su corazón.
