NUESTRA REFLEXIÓN DIARIA
Miriam Florencia/Guayaquil
Hay un mal que he visto debajo del cielo, y muy común entre los hombres: El del hombre a quien Dios da riquezas y bienes y honra, y nada le falta de todo lo que su alma desea; pero Dios no le da facultad de disfrutar de ello, sino que lo disfrutan los extraños. Esto es vanidad, y mal doloroso. Eclesiastés 6:1-2
Existen grandes empresas que en su tiempo fueron muy prósperas, pero cuando falleció su fundador, su dueño, ésta con el tiempo quebró, no se pudo mantener en pie, o pasó a manos de extraños. El tener riquezas, bienes y honra, no es malo, son bendiciones de Dios, pero esa bendición debe ser compartida con otros, debe poder ser disfrutada en vida, sin embargo, hay quienes han acumulado tanta riqueza, que no pueden disfrutarla, quizás porque el vacío que tienen en su corazón no lo llena las cosas materiales, o quizás porque han sido obtenidas de manera no tan lícitas. En cualquiera de los dos casos, la verdadera satisfacción se obtiene cuando el alma está saciada, no con las cosas materiales que se pueden adquirir, sino con la presencia de Dios en su vida. Él debe ser quien sacie todas sus necesidades, el que llene todo vacío interior, porque solamente así podrá disfrutar de sus riquezas y de la comunión con Dios.
