Opinión

Nuestra ilusión y la gloria

Claudio Campos

claudiocampos142@hotmail.com

@claudioncampos

El verano no sólo hacia los días más largos, sino que florecía también nuestro ingenio para disfrutar hasta el último rayo del sol de cada día. Nos levantamos temprano con mi hermano Diego y después de desayunar un rico mate cocido salimos corriendo de casa gritando, chau mami más tarde volvemos!!! Ya estaba todo pactado, los demás amigos del barrio nos esperaban ansiosos y listos para ir a la montaña más cercana y cortar ramas grandes de un sauce para que de esta manera pudiéramos elaborar arcos de futbol para nuestra canchita situada en un baldío del lugar.

Después de dos horas cortando el árbol, llegamos al reducto y otro grupo de amigos ya tenía cavado los huecos para poner los postes. El cansancio y calor no eran un impedimento para trabajar con el objetivo claro de finalizar nuestra fortaleza, lo que nadie sospechaba era que al día siguiente teníamos la batalla futbolera más transcendental de nuestras vidas. Una vez finalizado nuestro primer desafío debíamos preparan el equipo que saltaría a jugar por algo más que un resultado, nosotros sentíamos que estaba en juego el honor del barrio.

La noche nos comenzó a abrazar y así nos fuimos despidiendo con la tácita consigna de que habíamos dado un gran paso con grupo y que para poder completar esa utopía era necesario al día siguiente dejar algo más que el corazón. Fue la noche más larga de mi vida, a pesar de mis 8 años de edad sentía que no podía defraudar a mi gente y que necesitaba hacer el partido perfecto para engrandecer el nombre de nuestro querido rincón de la ciudad.

Preparé mis zapatos, enrollé las vendas y deje todo listo al pie de mi cama sintiendo que mis armas debían estar cerca de mis sueños si realmente quería lograr lo anhelado. La hora pactada llegó, con mucha ansiedad fuimos caminando al punto de encuentro y vimos como nuestros rivales se acercaban como eslabones de una cadena, a paso firme derrochando una confianza única en su andar. Nos reunimos con el capitán del otro equipo en la mitad de la cancha y con un apretón de manos apostamos que el perdedor pagaba las bebidas refrescantes al final del encuentro, como garantía de lo pactado y para tranquilidad de todos cada equipo dejo como prenda el valor total en manos del dueño del local.

Una vez que se cumplió el protocolo, todos los integrantes nos fundidos en un fuerte abrazo y después de unos segundos en silencio, donde pude sentir la energía que generaban todas nuestras ilusiones, nos posicionamos entendiendo que había mucho más para ganar que perder. No fue mi tarde, pegué dos tiros en los palos y desaproveche un mano a mano que debió subir el marcador; pero mi hermano Diego después de un rebote que quedo picando en el área grande, cruzó un zurdazo que aun retumba en mis oídos, fue el grito de gol que quizás más recordaremos en nuestras vidas, simplemente porque nació de la ingenuidad y motivación de jugar a ser grandes y poder sentir lo hermoso que es abrazarse con la ilusión y estar tan cerca de la gloria…

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