Opinión

Nuestra devaluada ciudad

Antonio Aguirre Medina

antonioxaguirre@lanacion.com.ec

Guayaquil se ha convertido en tierra de nadie. Aquí, un conocido comentarista deportivo y un abogado de la localidad, patrocinados  por  algunos canales de televisión, se disputan el título de muñeco de la ciudad.

A esto hay que sumarle las fuertes multas a las lavadoras de vehículos y a los dueños de los mismos que por mantener su carro limpio serán fuertemente multados con $180, también se castiga fuertemente a los comerciantes de vehículos y los mecánicos que hacen su trabajo en las calles y veredas de la ciudad. En las últimas declaraciones de un alto funcionario municipal también serán sancionados los vendedores de legumbres y frutas que estacionan sus vehículos ofreciendo sus productos a precios más bajos que en los supermercados.

Sin embargo nadie toca a la banda de cuida carros que libremente extorsionan a quienes se quieren parquear en los lugares públicos lucrándose de  un espacio físico que es de la ciudad, ahora portando chalecos creyéndose autoridad y autorizados para la extorción.  Lo peor es que nadie interviene en sancionar a los verdaderos emperadores de la urbe que son los choferes de buses, colectivos, taxis y motocicletas que no respetan ni las más elementales reglas de salud, educación y peor las leyes de tránsito, con la consabida disculpas de que no salen a matar se protegen y esconden su maldad.

Ruedan en buses destartalados que son verdaderos ataúdes rodantes, envenenando a la población con los gases tóxicos de sus escapes, parando tres o cuatro veces en una cuadra buscando pasajeros,  los motociclistas haciendo malabares para llegar a tiempo a su destino poniendo en riesgo la vida de transeúntes y ocasionando accidentes a vehículos particulares, además los taxistas autodenominados la fuerza amarilla, que no usan su taxímetro porque no les da la gana creando un caso tarifario.

La ley y la sanción deben de ser para todo ciudadano o institución que incumplan con las leyes, reglamentos y ordenanzas, y no privilegiar a los verdaderos emperadores de la ciudad.

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