Opinión

NUESTRA CONÍFERA: EL LEGADO INQUEBANTABLE DEL ABUELO JAIME.

Escrito por Ian Narváez Troncoso, y leído por su nieto, Stephan Carrera Narváez.
COLABORACIÓN DE Aníbal Carrera Arboleda/Quito

 

 

Para el abuelo Jaime Narváez: el ingeniero forestal de nuestras vidas. Compartimos las sentidas palabras pronunciadas en su memoria por su nieto, Stephan Carrera Narváez, con el deseo de que el bosque protector y el legado del abuelo sigan creciendo en cada uno de nosotros:

“Nos reunimos hoy aquí, en la intimidad de nuestro hogar y de nuestra sangre, no para lamentar una pérdida, sino para contemplar la majestuosidad de una cosecha terminada.

El abuelito Jaime vivió 97 años. En el lenguaje de la naturaleza y los bosques que él tanto amaba, eso no es una vida interrumpida; es un bosque antiguo, robusto y sabio que ha completado su ciclo en perfecta paz.

Como ingeniero forestal, él pasó su existencia enseñándonos, sin darse cuenta, cómo funciona el alma humana a través de la tierra: con cada injerto, con cada plantación y también con cada fogata. Dedicó décadas a cuidar las coníferas, esos árboles eternos que no pierden sus hojas con el frío, que resisten los vientos y los veranos, y que crecen rectos hacia el cielo.

Mi abuelito fue exactamente eso para nosotros: nuestra conífera. Un hombre de principios inquebrantables, de una sola pieza, que nos protegió de las tormentas de la vida con su sombra generosa.

Él eligió la paz del campo y la paciencia de sus huertos de naranjas y aguacates sobre el ruido del mundo. Sabía que para recoger un fruto dulce hay que saber esperar, regar y fertilizar el suelo, respetar los tiempos y hundir las manos en la tierra con respeto. Esa misma paciencia y coherencia son las que nos heredó a cada uno de los que estamos hoy en esta sala.

Por eso, les pido que sequemos las lágrimas. Llorar el final de una vida de 97 años vivida con tanta rectitud sería no haber comprendido su mensaje. La tristeza que sentimos hoy es solo el amor que nos quedó acumulado, pero la psicología de la vida nos enseña que el dolor se transforma cuando encontramos su propósito. Y el propósito de nuestro dolor hoy es recordarnos que somos las semillas y frutos de ese gran árbol.

El abuelito Jaime no se ha ido. Está en los principios que nos enseñó, en la honestidad de nuestros actos y en los huertos que aprendimos a cultivar a su lado. Su partida fue tan natural como un cambio de estación; ha llegado el momento de que las semillas que él sembró y cultivó sigan creciendo en su camino hacia el cielo.

Él ya sembró, ya cuidó y ya dio su fruto. Ahora nos toca a nosotros honrar su memoria viviendo con la misma altura, fuerza y dignidad de los cipreses que él regresa a la tierra.

Descansa en paz, abuelito. Tu bosque siempre seguirá en pie a través de nosotros, tus frutos.”