Opinión

Noboa, el revolucionario que Ecuador todavía espera

Dr. Jorge Alberto Norero González/Guayaquil.

 

 

Hay momentos en la historia de los países en los que un gobernante tiene la oportunidad de hacer algo más que administrar una crisis.

Puede cambiar el rumbo de una nación.

Daniel Noboa llegó al poder en uno de los momentos más difíciles de la historia reciente del Ecuador. Recibió un país golpeado por la violencia, el narcotráfico, la corrupción, la inseguridad, el desempleo, la pobreza y una profunda desconfianza ciudadana hacia las instituciones.

Su respuesta fue contundente: enfrentar al crimen organizado con la fuerza del Estado.

Y eso, hay que reconocerlo.

Pero la seguridad, aunque indispensable, no puede ser el destino final de un gobierno. Es apenas el punto de partida.

Al Presidente le quedan aproximadamente dos años y medio. Y es precisamente en este segundo tramo de su mandato donde puede decidir cómo quiere ser recordado.

¿Como el Presidente que declaró la guerra al crimen?

¿O como el Presidente que aprovechó aquella crisis para transformar estructuralmente al Ecuador?

Ahí está la diferencia entre un gobernante más y un estadista.

Noboa puede ser revolucionario

No hablo de una revolución política, ideológica ni partidista.

Hablo de una revolución productiva.

Ecuador tiene una extraordinaria riqueza natural, una ubicación geográfica privilegiada, una agricultura capaz de alimentar mercados internacionales, una pesca y una acuacultura competitivas, minerales estratégicos, biodiversidad, turismo y una población trabajadora.

Sin embargo, seguimos atrapados en una vieja lógica:

extraer, producir y exportar.

Ha llegado el momento de cambiarla por:

producir, transformar, industrializar, agregar valor y conquistar mercados.

El mundo necesita alimentos.

Y Ecuador tiene la posibilidad de convertirse en una de las grandes despensas del Pacífico.

Pero no basta con exportar cacao: debemos exportar chocolate.

No basta con exportar banano: debemos desarrollar alimentos, harinas, bebidas y productos industrializados.

No basta con pescar: debemos procesar, conservar, empacar y comercializar productos pesqueros con marca ecuatoriana.

No basta con ser una potencia mundial en camarón: debemos convertir esa ventaja en una verdadera industria alimentaria.

No basta con extraer minerales: debemos avanzar, cuando sea técnica, económica, ambiental y socialmente viable, hacia mayores niveles de procesamiento y hacia cadenas industriales que generen empleo y conocimiento en el país.

Y no basta con recibir turistas: debemos convertir cada visitante en un multiplicador de nuestra gastronomía, nuestra agricultura, nuestra cultura, nuestros servicios y nuestra producción.

Ese sería el verdadero cambio de modelo económico.

El campo debe dejar de ser el gran olvidado

Durante décadas hemos hablado de agricultura, campesinos, productividad, crédito, riego, tecnificación y exportaciones.

Hemos creado ministerios, programas y discursos.

Pero todavía no hemos construido una verdadera política nacional de Estado para convertir al sector agropecuario en uno de los motores centrales de la economía ecuatoriana.

El agricultor no necesita solamente subsidios.

Necesita tecnología.

Riego.

Caminos.

Seguridad.

Crédito.

Asistencia técnica.

Semillas.

Investigación.

Centros de acopio.

Cadena de frío.

Logística.

Mercados.

Y, sobre todo, necesita saber qué quiere producir Ecuador para el mundo durante los próximos veinte años.

Tenemos que dejar de pensar únicamente en la próxima cosecha y empezar a pensar en la próxima generación.

La otra revolución pendiente está en nuestros hospitales

Y aquí el Gobierno tiene una deuda que no puede postergar.

No existe transformación nacional si un ciudadano llega a un hospital público y no encuentra la medicina que necesita.

La corrupción en el sistema sanitario y el desabastecimiento de medicamentos son dos problemas que deben ser enfrentados simultáneamente.

No basta con comprar más.

Hay que saber qué se compra, a quién se compra, cuánto se paga, cuánto llega, dónde se almacena, quién lo recibe y por qué desaparece.

La tecnología permite hoy construir una cadena de trazabilidad prácticamente completa.

Cada medicamento comprado con dinero público debería poder seguirse desde el proveedor hasta el paciente.

Y cada funcionario que robe con la salud de los ecuatorianos debería saber que esta vez sí habrá consecuencias.

Porque robar medicamentos no es simplemente corrupción.

Es atentar contra la vida de un ciudadano.

La seguridad debe convertirse en desarrollo

Aquí está quizás el desafío más grande de Noboa.

No podemos mantener eternamente al Ejército y a la Policía intentando contener las consecuencias de una sociedad sin oportunidades.

Hay que atacar al crimen donde realmente se reproduce:

en el dinero, en las economías ilegales, en las cárceles, en el lavado de activos, en la corrupción, en las fronteras, en los puertos y también en el reclutamiento de nuestros jóvenes.

Pero después de recuperar un territorio debe llegar el Estado.

Debe llegar la escuela.

El centro de salud.

La carretera.

El agua potable.

El empleo.

El deporte.

La universidad.

La empresa.

El futuro.

Porque la mejor política contra el reclutamiento criminal es ofrecerle a un joven una alternativa mejor que la delincuencia.

Los próximos treinta meses

Presidente Noboa, todavía tiene tiempo.

Tiempo para pasar de la emergencia a la planificación.

De la reacción a la estrategia.

De la guerra a la construcción de la paz.

De los operativos a las políticas de Estado.

De la exportación de materia prima a la exportación de productos con valor agregado.

De la economía de supervivencia a una economía productiva.

Y para hacerlo necesita convocar a algo mucho más grande que su partido, sus aliados o sus funcionarios.

Necesita convocar al Ecuador.

A los agricultores.

A los pescadores.

A los empresarios.

A los trabajadores.

A las universidades.

A los científicos.

A las Fuerzas Armadas.

A los jóvenes.

A los gobiernos locales.

A quienes conocen el Ecuador real, ese que no aparece en los discursos.

Y debería decirles algo muy sencillo:

¿Qué país queremos entregar en 2029?

Si la respuesta es solamente un país con menos delincuencia, habremos avanzado muchísimo, pero no habremos terminado la tarea.

Si la respuesta es un Ecuador más seguro, con hospitales abastecidos, instituciones menos corruptas, agricultores produciendo para el mundo, industria agregando valor, pesca y acuacultura tecnificadas, minería responsable, turismo internacional, energía suficiente, infraestructura moderna y jóvenes con oportunidades…

entonces estaremos hablando de otra cosa.

Estaremos hablando de una transformación nacional.

Noboa revolucionario

Quizás el propio Presidente no haya pensado en estos términos.

Pero tiene ante sí una oportunidad histórica.

Puede intentar simplemente administrar los años que le quedan.

O puede utilizar esos años para cambiar las estructuras que han mantenido al Ecuador dependiendo durante décadas de la exportación de productos primarios, de gobiernos que reaccionan ante las crisis y de ciudadanos que terminan acostumbrándose a vivir con ellas.

La historia no recuerda solamente a quienes gobernaron.

Recuerda a quienes cambiaron el rumbo de sus países.

Por eso esta no es una invitación a que Noboa sea más autoritario, más confrontacional ni más radical.

Es exactamente lo contrario.

Es una invitación a que sea más estadista.

Que utilice la fuerza cuando la ley lo permita para defender al ciudadano, pero que utilice la inteligencia, la educación, la ciencia, la producción y la inversión para construir el país que esa fuerza está tratando de proteger.

Presidente Noboa: usted ya decidió pelear la guerra contra quienes quieren destruir el Ecuador.

Ahora le corresponde algo todavía más difícil:

construir el Ecuador que queremos defender.

Si lo consigue, tal vez la historia no lo recuerde solamente como el Presidente que enfrentó al crimen.

Podría recordarlo como Noboa, el revolucionario.

No porque haya cambiado una ideología.

Sino porque consiguió cambiar la economía, las instituciones y las oportunidades de un país.

Y esa sí sería una revolución que valdría la pena.

Semper Fi