NO TE OLVIDES DE MAÑANA
Dr. Jorge Alberto Norero/Guayaquil.
Puedes ser Presidente, Rey o Papa. Puedes gozar de fama, dinero y poder; puedes llegar a creerte dueño del mundo. Pero, en cualquier segundo, la vida puede apagarse.
Un accidente, un paro cardíaco, un síncope, un derrame cerebral, un instante inesperado. Incluso algo tan simple como un pedazo de pan que se atasca en la garganta o un sorbo de agua que se convierte en tragedia.
La muerte no pregunta cuánto tienes, quién eres ni cuánto poder acumulas.
La vida es fugaz. Y puede terminar en cualquier etapa: antes de nacer, al nacer, siendo niño, adolescente, adulto o anciano. Nadie conoce la hora.
Y quizá una de las formas más hermosas de morir sea hacerlo en nuestra propia cama, rodeados por quienes amamos, después de haber vivido y haber dejado algo bueno detrás de nosotros.
Cuando alguien muere, solemos decir que debemos hablar bien de los muertos. Pero la muerte no convierte mágicamente a un criminal en un hombre bueno. La historia recuerda también a quienes hicieron daño: Hitler, Stalin, Nerón, Calígula, Al Capone y tantos otros. Sus nombres permanecen, pero no necesariamente como ejemplo, sino como advertencia de aquello en lo que el ser humano puede convertirse cuando pierde la razón, la compasión y los límites.
Por eso, mientras estés vivo, no desperdicies el tiempo en odios inútiles.
Besa a tus hijos.
Abraza a quienes amas.
Dile a tu esposa, a tus padres, a tus hermanos y a tus amigos cuánto significan para ti. No esperes a un funeral para pronunciar las palabras que debiste decir cuando estaban vivos.
Y pon en orden tu vida.
Porque cuando ya no estés, aquello que construiste puede convertirse en motivo de unión o de división. Deja arreglados tus asuntos, tus documentos, tus bienes y, sobre todo, deja claras tus voluntades. Que tus hijos no terminen enfrentados por aquello que tú pudiste haber evitado.
Agradece a Dios.
No importa cuánto hayas conseguido ni cuántos títulos, cargos o riquezas hayas acumulado. Al final, todos regresamos a la misma condición humana: frágiles, temporales y necesitados de una última paz.
Existe aquel antiguo consejo: siembra un árbol, escribe un libro y ten un hijo.
Quizá hoy podamos entenderlo de una manera más profunda.
El árbol representa lo que seguirá dando sombra cuando ya no estés.
El libro representa las ideas que sobrevivirán a tu voz.
Y los hijos representan la vida que continúa, la sangre, el amor y la memoria que llevan una parte de nosotros hacia el futuro.
Al final, no importa tanto cuánto tiempo vivimos, sino qué hicimos con el tiempo que nos fue concedido.
Por eso, no esperes a mañana para abrazar.
No esperes a mañana para perdonar.
No esperes a mañana para decir «te quiero».
No esperes a mañana para arreglar aquello que sabes que está pendiente.
Porque mañana puede ser demasiado tarde.
Y quizá la gran lección de la vida sea precisamente esa:
No te olvides de mañana, porque cuando mañana llegue, tal vez ya no estés.
Vive hoy.
Ama hoy.
Perdona hoy.
Agradece hoy.
Porque el único momento de la vida que verdaderamente nos pertenece es este.
Semper Fi
