No me ofrecí para arrastrarme ante nadie
Dr. Jorge Norero González/Guayaquil
(I)
Hay imbéciles que creen que cuando un ciudadano ofrece su experiencia o su conocimiento al servicio del Estado, lo hace por hambre de poder, por mendigar un cargo público o por arrodillarse ante algún político de turno.
Qué mentalidad tan miserable.
Jamás pasó por mi mente besarle la mano a ningún cretino, ni convertirme en un adulador profesional de esos que abundan en la política ecuatoriana. Mi intención siempre fue otra: aportar, advertir, señalar errores, intentar despertar conciencia en medio del desastre que vivimos.
Porque mientras algunos se burlan detrás de una pantalla o desde la comodidad de su cobardía, el país se desangra.
Y no, no me refiero a la propaganda oficial ni al espectáculo diario de capturas y operativos que intentan vendernos como grandes victorias estratégicas. Hablo de la realidad que vive la gente común: el miedo, la incertidumbre, la degradación progresiva de la paz y del orden.
Cada día los ecuatorianos viven más aterrorizados.
Cada día la delincuencia muta, se fortalece y desafía al Estado con mayor descaro, mientras muchos celebran migajas mediáticas como si fueran soluciones definitivas.
¿Acaso la vida de los ecuatorianos ya no vale nada?
¿Hemos caído tan bajo en nuestra autoestima colectiva que aceptamos cualquier adefesio como hazaña gubernamental?
Duele ver cómo juegan con la esperanza de la gente. Duele ver cómo manipulan el sufrimiento de miles de familias mientras los verdaderos problemas estructurales continúan intactos.
Y también duele el silencio.
¿Dónde está la academia?
¿Dónde están los intelectuales, los historiadores, los analistas, los pensadores?
¿Por qué callan tantos?
¿O acaso ya están muertos en vida y prefieren desde la comodidad de sus espacios vitorear al mismísimo diablo mientras el país se hunde?
Durante años escribí, advertí y reflexioné sobre seguridad, política y crisis social. Desde 2008 he dejado miles de líneas intentando aportar algo de conciencia en medio de tanta mediocridad, corrupción e irresponsabilidad colectiva.
Pero llega un momento en que uno comprende que muchos no quieren escuchar.
Prefieren el autoengaño.
Prefieren la propaganda.
Prefieren el circo.
Por eso he decidido apartarme de estos temas. No porque me hayan derrotado las burlas de unos cuantos infelices mal nacidos, sino porque entendí que no se puede salvar a una sociedad que muchas veces se resiste a pensar.
Quien quiera conocer lo que propuse, lo que advertí o lo que considero que debería hacerse, ahí están mis escritos públicos durante más de una década.
Ahora prefiero mirar hacia otros horizontes.
Refugiarme en ideas, mundos y escenarios que las mentes mediocres —aunque acumulen riqueza o poder— jamás podrán comprender, porque hay personas que pueden tener dinero, cargos o influencia… pero nunca lograrán cruzar la puerta del verdadero pensamiento.
Semper Fi.
