Opinión

Ni transparente ni ciudadano

Jorge Gallardo Moscoso/Guayaquil

 

Entre la censura a una parte de los vocales, recursos de amparo y fallido inicial de posesionar a nuevos miembros, el Consejo de Participación Ciudadana sigue siendo ese organismo amorfo al que, supuestamente, se quiere desaparecer, pero la realidad demuestra todo lo contrario.

Desde su nacimiento, en 2008, para nadie era desconocido el propósito de su creación (ridículamente como quinta función del Estado, la de Transparencia y Control Social): el gobierno, a través de sus legisladores constituyentes, había resuelto de antemano contar, también, con una entidad, con nombre rimbombante, llamada Consejo de Participación Ciudadana para designar Procurador, Contralor, Fiscal General, Defensor Público, Defensor del Pueblo, superintendentes y miembros del Tribunal Contencioso Electoral y de los consejos Nacional Electoral y de la Judicatura. Tan bien fue concebido el objetivo que todos, absolutamente todos los nombrados, fueron íntimos amigos y aliados políticos del gobernante y con ello, como era de esperarse, jamás hubo control social y menos transparencia. Y, para reírse, tras terminar el período del mentalizador (ahora prófugo de la justicia y acusado de ser el jefe de la banda), el Consejo ha seguido sirviendo a intereses particulares en perjuicio de los intereses ciudadanos.

El presidente Lasso propone para la consulta popular que el Consejo de Participación no elija a las autoridades de control del Estado y que esa atribución la asuma la función legislativa a través de ternas, meritocracia, escrutinio público y veeduría ciudadana. Es probable que, en las urnas, la votación favorezca a que se produzca el cambio, sin embargo, parecería muy poco frente a la continuidad del Consejo que, sobre la base de las demás atribuciones, seguirá existiendo y no sirviendo para nada.

Los partidos y movimientos políticos, lo mismo que el gobierno central, deberían demostrar sensibilidad y desprendimiento, olvidándose de sus malhadados intereses y poniendo por encima de ellos, alguna vez, el de los de los ciudadanos, para que ese Consejo del correato desaparezca para siempre.