Opinión

Nadie vuelve más bueno

         Por:  Francisco Guardiola – Argentina

El “eterno retorno de lo mismo” es un concepto atávico tanto en Oriente como en Occidente, mitología, religión, filosofía y literatura acuden a él de manera invariable y permanente. La historia y la política también nos permiten pensar de vez en cuando en ese concepto.

Entre 1933 y 1938, Hitler consolidó su poder en Alemania. Una voluntad inquebrantable a la hora de hacer propaganda política lo llevó a quedarse con todo. Millones de panfletos repartidos en todo el país, una militancia de ochenta mil voluntarios paramilitares, la exacerbación cultural de una supuesta raza aria, la exaltación del nacionalismo y del patriotismo, los símbolos, las gigantografías, la persecución y el descrédito hacia los judíos, una xenofobia en todas las direcciones, y la promesa de un sistema organizado de sindicalización obrera arrebatada a comunistas, socialdemócratas y anarquistas, fueron los pilares y principios sobre los cuales se produjo el advenimiento del fascismo en Alemania.

A esto siguió un temporal éxito económico basado en la suspensión de pagos de la deuda indemnizatoria contraída como consecuencia de haber perdido la Gran Guerra, y en la expropiación de bienes, bancos y valores en general que el nazismo hizo de todo aquel que fuera opositor al régimen. Bajo el lema “para qué queremos libertad si tenemos trabajo”, se suprimió toda libertad de expresión política y de prensa. El estado de bienestar alemán se completó con políticas de subsidios, planes y préstamos de bajo costo destinados a las familias de clase media y obreras alemanas.

Pero mucho antes de quedarse con todo, en 1925, justamente para quedarse poco a poco con todo, Hitler debió cambiar su estrategia electoral. Ya había estado preso por su burdo y fallido golpe de estado en 1923 cuando pretendió derrocar al gobierno constitucional de la República de Weimar, algo parecido a lo que hizo Chávez antes de “democratizarse”, con su fallido golpe de estado contra Andrés Pérez en 1992. Pero volvamos a Hitler. Después del golpe frustrado, pasa nueve meses preso y vuelve con otra estrategia. Decide cambiar: disimular y ajustarse a las leyes de la República y lograr la mayor cantidad de escaños en el parlamento alemán hasta lograr tomar el gobierno y abolirlo todo, especialmente, la división de poderes, suprimiendo el parlamento y creando un “servicio de justicia” similar al sugerido por el intelectual Mempo Giardinelli recientemente.

Estas políticas de disimulo se han repetido a lo largo de la historia de las democracias desde la Revolución Francesa hasta nuestros días. Napoleón, bajo la bandera tricolor, se corona Emperador de Francia y Rey de Italia, entre otros cargos que nada tenían que ver con una república. La Rusia bolchevique a los pocos años de su nacimiento se transformó en la brutal dictadura que conocimos. Acabamos de repasar la Alemania nazi.

La bravuconada popular y socialista de Mussolini devino en el régimen fascista de Italia. El 17 de octubre de 1945 cuando el pueblo jura lealtad a su líder Perón, se da inicio a un período de supresión de libertades y de autoritarismo, a pesar de que el poder llegaría desde el clamor popular y las urnas.

Estos son solo algunos ejemplos de esta estrategia de disimulo, en donde bajo las formas que autoriza la democracia, un grupo mayoritario conducido por un líder carismático, asume el control y suprime la democracia.

El mismo Perón regresa a la Argentina en 1974 bajo la impronta de un líder conciliador. Conciliación que terminó siendo una paradoja histórica al expulsar a Montoneros de la Plaza de mayo luego de haberlos armado hasta los dientes y al mismo tiempo crear la organización Triple A, brazo paramilitar del gobierno democrático peronista cazador de comunistas.

La estrategia del disimulo es la que hizo Hitler, al decidir volverse más democrático para ir ganando de este modo, las elecciones posteriores a su levantamiento de 1923.

Después se pondría al día con sus verdaderos objetivos dictatoriales. Si hiciéramos una proyección de ficción en una conversación familiar de la Alemania de los años 30, escucharíamos a un buen padre de familia decir tal vez en la sobremesa: “Ahora Hitler vuelve más bueno, ha aprendido mucho todos estos años”.

Incluso hasta puedo imaginar a prósperos judíos repensar su decisión de exiliarse o de quedarse “para ver qué pasa” y tener otra oportunidad frente a aquel nuevo Hitler que llegaba más democrático: “tal vez ahora no piensa tan mal acerca de nuestro pueblo”, podría escucharse en un hogar judío en la Munich de entonces. Pero eso no sucedió.

Hitler volvió tras sus promesas de paz y trabajo, con la furia que la historia lo mostró. Inició una guerra en la que murieron cien millones de seres humanos. Fue el fundador del pogromo más grande de la historia.

La estrategia es la misma allende los tiempos, solo cambian las tecnologías y los lugares. Lo hemos visto en Venezuela. Y estamos a punto de verlo en Argentina. ¿Por qué tendríamos que pensar que Cristina Fernández de Kirchner volverá más buena, más republicana y más democrática?