Opinión

Muchas reuniones, anuncios con ruido pero pocas nueces

Por: V. CORDERO / Argentina

Conocí al diplomático español Inocencio Arias en Madrid y compartí con él muchos momentos agradables en conversaciones con un hombre lleno de experiencia y sabiduría.
Hace tan sólo unos meses, publicó un libro sobre las grandes reuniones internacionales que cambiaron el rumbo de la humanidad y las relaciones entre los países más grandes del mundo.
Normalmente las reuniones entre políticos no suelen ser muy constructivas a no será que lo que se juegan sea su propio futuro como hombres públicos. Ustedes habrán visto la enorme cantidad de reuniones que se llevan a cabo en nuestro país desde que terminaron las PASO.

Ministros con gobernadores; gobernadores con gobernadores; miembros del Gobierno con asesores de economía de la oposición; intendentes con intendentes; candidatos con sus asesores de campaña; el presidente con el gabinete chico y con el gabinete ampliado y podríamos seguir por un rato.
El resultado de estos encuentros es literalmente «ninguno». Jamás salen de una reunión y alguien dice algo importante, da una noticia que importe a los ciudadanos, siquiera alguna anécdota.
Inocencio Arias cuenta de otras reuniones que sí fueron importantes, tal vez porque sus protagonistas eran estadistas, políticos de vocación hombres preocupados seriamente del destino de sus países.
El diplomático da detalles de la entrevista de Kennedy y Kruschev; de la reunión del trío de las Azores o la visita de Eva Perón o Eisenhower a España, el encuentro entre Mao y Richard Nixon; la Conferencia Internacional de Paz para Oriente Medio de Madrid; la reunión entre Franco y Eisenhower en Madrid entre otras.

De todas ellas se pueden extraer conclusiones, algunas más fuertes que otras pero definiciones concretas y en muchos casos soluciones afectivas, aunque a veces dolorosas. Nuestros políticos se reúnen para salir en la foto, para que la gente sepa que está con tal o cuál candidato.
Es tan ridículo lo que pasa que para que usted se dé cuenta, un político peronista puede participar de las reuniones que hagan el Gobierno, o Alberto y Cristina Fernández; o Lavagna o Espert, y todos los casos no llamaría la atención.

Así de mal definido está en espectro partidario y la mezcla que se produjo después de las innumerables traiciones a las propias convicciones.
Las reuniones autóctonas ni siquiera tienen claro el objetivo de las mismas: «vamos a discutir el federalismo»; «tenemos que definir la estrategia de campaña»; «Vamos a reclamar al Estado la quita que nos hizo con el cambio del impuesto a las ganancias», anuncian y luego salen con cualquier cosa o la famosa frase «volvemos a reunirnos la semana que viene».

Le doy un ejemplo del valor que hay que echarle a las decisiones. El 2003 se realizó la famosa Cumbre de las Azores con el objetivo prioritario de «desarmar a Sadam Hussein de manera inmediata», George Bush, José María Aznar, Toni Blair y Durao Barroso se reunían en la Azores para «hacer frente al terrorismo internacional» y darle «un ultimátum de horas al dictador iraquí para que cumpliera con lo acordado en la resolución 1441», es decir, deshacerse del armamento nuclear.

«Hoy es la hora de la verdad», dijeron los líderes políticos. Una «hora de la verdad» que se tradujo, en 1.200.000 muertos iraquíes, además de, y según datos oficiales, otros 4000 estadounidenses, un centenar de británicos y otros 100 soldados de otras nacionalidades.
«Nunca me he arrepentido de mandar las tropas», dijo Aznar en 2008, justificando su decisión que produjo una fuerte crisis en su país, pero no le tembló la mano.

Aquella había sido un reunión donde se tomaron decisiones, hubo coincidencias aun sabiendo el alto costo que tenía aquel acuerdo.
Por acá no nos ponemos de acuerdo, ni siquiera para saber a quién vamos a apoyar en las elecciones de octubre o quien debe hablar con los enviados del FMI; si es que vienen.
En fin, muchas sillas, mucho café y pocas nueces, casi ninguna.