Opinión

Morales y reelección

Eduardo Posada Carbó

Diario El Tiempo de Colombia

Evo Morales cumple hoy una década en el poder. No es un dato menor. Cualquier búsqueda en internet sobre su mandato revela pronto el significado de su estancia: es la presidencia más prolongada en toda la historia boliviana. “Si todo está bien, entonces Evo está bien”, ha dicho Morales en defensa de sus aspiraciones de querer seguir en el mando por lo menos otros diez años más.

Sus deseos se tropiezan con una barrera constitucional, que sus simpatizantes buscan tumbar con el referendo que tendrá lugar el 21 de febrero. De triunfar el ‘sí’, Morales podría postularse otra vez y, eventualmente, gobernar a Bolivia tras su cuarta elección consecutiva hasta el 2025.

¿Está bien?

El razonamiento de Morales es que “no hay que temerle al pueblo”. Que si las mayorías dicen que sí, pues adelante. Que eso es democracia. Que su liderazgo genera “confianza”. Que él no se ha autoproclamado; ha sido una “petición” unánime de la central obrera. Que él no tiene poder, “lo tiene el pueblo”; él se siente su “esclavo”. Y le encanta. (El País, Madrid, 18/9/15).

Los encantos del poder son innegables. Como lo son algunos de los buenos éxitos de su gobierno. La estabilidad política, en sí misma, es una conquista importante. Hay otras más importantes, como la de haberle otorgado dignidad y representación a la población indígena. Morales también puede mostrar resultados en la reducción de la pobreza y el crecimiento de la economía.

Si todo ello marcha “bien”, ¿por qué no, entonces, permitirle mayor prolongación en el poder?

Es una pregunta mal formulada. En teoría, la propuesta que los bolivianos decidirán en el referendo es si una persona, cualquier persona en la presidencia, puede aspirar a tantas reelecciones consecutivas. Pero, en la práctica, un “referendo” como ese termina convertido en “plebiscito” sobre las bondades de permitir otra reelección de Morales.

No es un simple juego de palabras sin consecuencias. Son términos con significados distintos. Y en sus ejecuciones se definen formas diferentes de concebir la democracia.

En todo debate sobre las reelecciones presidenciales es prudente repasar su historia en el continente, asociada a las enormes dificultades para consolidar instituciones estatales modernas, frente a los caprichos caudillistas.

Considérese la trágica experiencia mexicana tras el gobierno casi eterno de Porfirio Díaz, quien llegó al poder en México después de haber levantado la bandera contra las reelecciones. Se hizo reelegir una y otra vez, hasta que lo tumbara la revolución. Aleccionados, los mexicanos prohibieron desde entonces la reelección presidencial.

Con la llamada ‘tercera ola’, casi todos los países que regresaron a la democracia adoptaron restricciones de las reelecciones consecutivas, restricciones ya existentes en Colombia, Venezuela y Costa Rica. Pero desde la década de 1990, sucesivas reformas constitucionales, orquestadas por presidentes en el poder, abrieron las puertas a reelecciones consecutivas en varios países.

Fue uno de los retrocesos institucionales más serios desde que se iniciara la ‘tercera ola’ democrática regional. Colombia, por fortuna, ha corregido el rumbo. Venezuela está sufriendo como pocos las reelecciones eternas del chavismo. Morales, en Bolivia, persiste en seguir una trayectoria de nefastos resultados para Latinoamérica.

Morales tampoco cree que la alternancia tenga que ver con la democracia. “¿Y acaso hay alternancia para el papa Francisco?”, dijo en respuesta a un jerarca de la Iglesia católica. No está bien compararse con el Papa. Como no está bien para un presidente orquestar un referendo que permita su propia reelección.

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