Opinión

Miedo por arriba y por abajo

Diario El Nacional de Caracas

Hay quienes temen a los aviones porque creen que elevarse por los cielos es asunto de pájaros o de ángeles; algunos se aburren y procuran leer o, si les dejan, divertirse con videojuegos; a otros, que son unos cuantos,  impresionados por noticias sobre catástrofes aéreas –proporcional y estadísticamente menos alarmantes, desde el punto de vista cuantitativo, que los accidentes de tránsito– la sola idea de abordar una aeronave les abruma y se atiborran de tranquilizantes (o de aguardiente, que para el caso viene a ser lo mismo) y , por supuesto, son muchos los que sienten que en “esas asombrosas máquinas voladoras”, y como rezaba el slogan de lo que una vez fue orgullo y línea bandera de Venezuela (Viasa), el tiempo pasa volando.

No agota el exordio precedente los miedos, serenidades y fantasías que la aeronavegación suscita en los seres humanos. Un inventario al respecto acaso huelgue, porque, a efectos editoriales, lo que hemos de tener en cuenta es el pavor de un gobierno pusilánime a que, desde lo alto, se revele  la magnitud de un manifestación cívica de oposición a lo que ya es percibida, sin los eufemismos ni subterfugios de quienes aún se chupan el pulgar, como una dictadura militar, tan ordinaria, corrupta y oprobiosa como la de Pérez Jiménez, sin la pizca de eficiencia con que el tachirense aliñó su nuevo ideal nacional.

Tal es el pavor a que imágenes de lo que acontezca  el 1° de septiembre, captadas desde una avioneta o un dron, sean difundidas a escala planetaria  poniendo de bulto la precariedad de este régimen, que Maduro y los militares que son los que mandan ordenaron al Instituto Nacional de Aeronáutica Civil suspender los vuelos de aeronaves particulares y artilugios operados a control remoto durante la presente semana; así de grave es su acrofobia.

Pero si el firmamento le produce vértigo, las mayorías lo hacen desfallecer. Padece, el muñecón rojo, por estos días, de una suerte de enoclofobia parcial que se evidencia en su abominación de las multitudes que le cuestionan, a la cual habría que sumarle su obsesión por el pasado para tener una idea de la inestabilidad mental que le aqueja desde que, como bola de nieve cuesta abajo, comenzó a rodar la invitación a “tomar” Caracas.

 De allí su deseo, expresado mediante apremios a los medios, de un blakc-out informativo y su llamado a contramarchas para sembrar violencia; de allí, también, la echonería de Cabello y los Rodríguez, Jorge y Héctor, sacando pecho para desinflarse a la hora de la certidumbre.

Prepararon Nicolás y su combo, para ayer y hoy en horario estelar, un show del recuerdo con videos manipulados de los sucesos de abril de 2002 y el malhadado carmonazo y, con una especie de ¡ahí viene el coco!, invocan a los pistoleros de Llaguno, reminiscencia nada simbólica de su falta de escrúpulos, que anticipa su disposición de reprimir sin contemplaciones a la oposición.

Cerrarán el Metro. Bloquearán Internet, la telefonía celular y las cableoperadoras. Nada, sin embargo, impedirá que el jueves Caracas se estremezca con el masivo clamor por un cambio definitivo de rumbo.

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