¿Miedo a los periodistas o respeto por quienes enfrentan al terrorismo?
Dr. Jorge Alberto Norero Gonzaléz/Guayaquil.
Hay frases que nacen de la indignación del momento, buscan producir impacto y terminan haciendo un enorme daño al debate público.
En estos días, a propósito de la decisión de algunos funcionarios del Gobierno de cancelar entrevistas, rehusar determinadas invitaciones o aceptar comparecer únicamente cuando conocen previamente los temas que serán abordados, alguien lanzó una frase que pretende ser contundente:
“¿Cómo pretenden combatir a los terroristas si le tienen miedo a los periodistas?”
La frase es ingeniosa. También es temeraria.
Porque una cosa es cuestionar que un funcionario público evite sistemáticamente las preguntas incómodas y otra, completamente diferente, es equiparar esa conducta con el miedo que experimentan quienes enfrentan directamente a organizaciones criminales armadas.
No confundamos las cosas.
El funcionario debe responder
Que quede claro desde el comienzo: considero saludable, necesario y democrático que los funcionarios públicos comparezcan ante los medios de comunicación, respondan preguntas difíciles y expliquen sus decisiones.
El poder público no puede pretender que el periodismo se convierta en una oficina de relaciones públicas del Gobierno.
Una entrevista periodística no es una ceremonia protocolaria. Es precisamente el espacio donde el ciudadano puede conocer aquello que un comunicado oficial jamás preguntaría.
Por eso me parece legítimo cuestionar que funcionarios cancelen entrevistas a última hora, que rehúyan sistemáticamente determinados medios o que pretendan conocer anticipadamente cada pregunta para preparar respuestas.
La transparencia no puede funcionar solamente cuando las preguntas son cómodas.
Y también resulta preocupante que existan señales de una relación cada vez más tensa entre determinados sectores del Gobierno y algunos medios. Ecuavisa, por ejemplo, denunció recientemente que durante 113 días ningún ministro había acudido a sus espacios de opinión, mientras sí existían comparecencias de autoridades en otros medios.
Eso merece una explicación.
Pero una cosa es exigir rendición de cuentas y otra muy distinta es convertir esa legítima exigencia en una competencia de valentías.
El periodismo no es una fuerza de combate
Aquí es donde la frase se vuelve peligrosa.
Un periodista puede ser valiente. Puede ser incómodo. Puede investigar al poder. Puede enfrentarse a amenazas, presiones económicas, campañas de desprestigio y hasta riesgos personales.
Todo eso merece respeto.
Pero el periodista no es un combatiente.
No lleva un fusil para ingresar a un territorio controlado por una organización criminal. No conduce una operación contra una estructura armada. No entra a una cárcel para recuperar el control territorial. No arriesga su vida ejecutando una operación militar o policial.
Y decirlo no disminuye al periodismo.
Por el contrario: cada profesión tiene su propia forma de valentía.
El periodista enfrenta al poder mediante la palabra, la investigación, la información y la pregunta.
El policía enfrenta al delincuente poniendo en riesgo su vida.
El militar enfrenta una amenaza armada bajo órdenes y reglas de empleo de la fuerza.
Son valentías diferentes.
Compararlas para determinar quién tiene más coraje es un ejercicio innecesario y, en determinados casos, profundamente injusto.
Hay sangre detrás de las estadísticas
He sido crítico de la estrategia de seguridad de este Gobierno.
Y lo seguiré siendo cuando considere que una decisión es equivocada, insuficiente o estratégicamente mal concebida.
Tengo razones profesionales y académicas para hacerlo y, sobre todo, creo que quien ocupa una responsabilidad pública debe aceptar que sus decisiones sean examinadas.
Pero mi crítica jamás ha tenido como propósito burlarme de quienes están poniendo el cuerpo.
Porque detrás de cada uniforme hay una persona.
Hay policías asesinados.
Hay militares heridos.
Hay familias que esperan a un padre, un hijo, un esposo o un hermano que salió a cumplir su deber y no sabe si regresará.
Podemos discutir la estrategia, la conducción política, la inteligencia, las operaciones, los resultados, la coordinación institucional y hasta las capacidades de quienes dirigen la seguridad nacional.
Lo que no deberíamos hacer es convertir el sacrificio de quienes combaten al crimen en una herramienta retórica para ganar una discusión mediática.
Eso sí me parece injusto.
Y aquí debo hacer una precisión
No tengo ninguna obligación de defender cada decisión del Gobierno para reconocer que algunos de sus funcionarios han demostrado algo que durante demasiado tiempo faltó en determinados niveles de la conducción de la seguridad: decisión para enfrentar el problema.
He cuestionado públicamente a John Reimberg y a Gian Carlo Loffredo cuando he considerado que corresponde hacerlo.
Pero también reconozco que han asumido responsabilidades en un escenario extraordinariamente complejo.
El propio Estado ha considerado que las amenazas contra Reimberg son suficientemente serias como para disponer protección policial y militar para él y su familia mediante el Decreto Ejecutivo 450.
Eso no convierte automáticamente en acertada toda su gestión.
Pero sí debería ayudarnos a comprender que quienes conducen determinadas áreas del Estado también pueden estar expuestos a amenazas reales.
Criticar no significa desconocerlo.
Yo también soy un periodista incómodo
Lo digo desde una posición muy particular.
He ocupado responsabilidades públicas. He sido autoridad, he participado en la política, he estudiado durante décadas los problemas de seguridad y defensa y he conocido desde dentro cómo funciona el Estado.
Pero también he procurado conservar algo que considero fundamental: la independencia de criterio.
No escribo para agradar al Gobierno.
Tampoco para agradar a la oposición.
No creo que el periodismo deba convertirse en militancia partidista.
Y mucho menos creo que un periodista tenga que recibir un diploma de “héroe” por formular una pregunta incómoda.
El verdadero periodismo no necesita héroes autoproclamados.
Necesita independencia.
Necesita preparación.
Necesita investigación.
Necesita ética.
Necesita periodistas que puedan incomodar al Gobierno, pero también a la oposición, a los empresarios, a los partidos, a los medios de comunicación y a sus propios colegas.
Ese periodismo es incómodo para todos.
Y precisamente por eso es necesario.
El Gobierno tampoco debe tener miedo a las preguntas
Aquí coincido parcialmente con quienes están cuestionando la actitud de algunos funcionarios.
Si una autoridad sabe que será interrogada sobre seguridad, corrupción, contratación pública, resultados operacionales o decisiones políticas, debe estar preparada para responder.
No existe democracia sin escrutinio.
Y conocer anticipadamente algunos temas puede ser razonable para que un funcionario tenga información técnica disponible.
Pero convertir el cuestionario en un mecanismo para seleccionar únicamente las preguntas que se consideran aceptables sería otra cosa.
El funcionario público no está concediendo un favor cuando responde.
Está rindiendo cuentas.
Por eso el Gobierno debería entender que una pregunta incómoda no es necesariamente una agresión.
A veces es simplemente una pregunta que el poder preferiría no escuchar.
Pero tampoco hagamos del micrófono un campo de batalla
La libertad de prensa merece defensa.
La seguridad de quienes combaten al crimen también.
La democracia necesita ambas.
No necesitamos periodistas convertidos en guerreros ni funcionarios convertidos en víctimas de una supuesta conspiración mediática.
Necesitamos algo mucho más sencillo y mucho más difícil:
periodistas que pregunten; funcionarios que respondan; militares y policías que cumplan su misión; jueces que hagan justicia; fiscales que investiguen; y ciudadanos que puedan conocer la verdad para formarse su propia opinión.
He sido crítico con la estrategia de seguridad porque creo que este Gobierno pudo y puede hacer mucho más.
Pero mi crítica pretende aportar, no destruir.
Y si alguna de mis opiniones resulta incómoda, tendrá que serlo.
Porque la crítica que solamente busca agradar deja de ser crítica.
Y el funcionario que solamente quiere escuchar preguntas cómodas termina viviendo dentro de una burbuja.
Pero hay algo que tampoco aceptaré:
que para defender la libertad de prensa tengamos que menospreciar la sangre de policías y militares que están enfrentando al crimen organizado.
Una sociedad democrática no necesita escoger entre respetar al periodista y respetar al policía.
Puede —y debe— respetar a ambos.
Al periodista, por su derecho y su deber de preguntar.
Al policía y al militar, por asumir riesgos que otros ciudadanos no estamos obligados a asumir.
Y al funcionario público, por la obligación republicana de responder ante el país.
Esa es la verdadera discusión.
No quién tiene más huevos.
No quién es más valiente.
No quién puede gritar más fuerte.
Sino quién está dispuesto a cumplir con su deber, cualquiera que sea el uniforme que lleve o el micrófono que tenga delante.
Semper Fi
