Opinión

Mi último día…qué triste y mal día.

María Cristina Menéndez Neale

Cristimenendez85@gmail.com

@CristiMenendezN

Cuatro cervezas son las que van llenando mi estómago, y sigo pidiendo más. Me siento muy triste. Y es que la Navidad ya terminó. Tendré que esperar otros trescientos veinte días para que mi adorada y abultada barba, mi cabello largo y canoso, y mi panza, cobren sentido otra vez.

Ayer fue mi último día, el cual lo pasé sentado en una silla muy cómoda de cuero rojo, en un centro comercial. Tuve la mala suerte de estar acompañado por una amargada que se hacía llamar Mamanuela; una mujer de unos cuarenta años, disfrazada de vieja.  Debía ser yo el único presente sobre esa tarima, pero lo bonito de este trabajo es que los niños van a verme a mí; o creo que más bien son las mamás las que hacen que ellos me vayan a ver, porque algunos lloran al verme…capaz es de alegría y emoción.

Ayer habían muchos niños haciendo fila junto a sus madres. Algo que me hizo sonreír como siempre, pero me extrañó que a Mamanuela no; su cara no tenía expresión alguna.

–Mamanuela, ¿qué opinas de ver a tantos niños? ¿Qué divertido no? –decidí preguntarle.

–Divertido para ti que te pasas sentado. Todavía no entiendo por qué solo tú tienes silla y yo tengo que estar parada junto a ti.

–Vamos, Mamanuela, no seas amargada. Si quieres te puedes sentar sobre mis piernas. Vamos, dime, ¿qué quieres encargarme para Navidad? –le pregunté, dándome unas palmaditas sobre mi pierna derecha y guiñándole el ojo a través de mis redondos lentes.

–¡Pero qué cosas dices! Para Navidad quisiera que te calles la boca. Y por cierto, mi nombre es Lorena.

–Pero si soy yo el que habla con los niños, tú no, así que la boquita que debe callarse es esa linda tuya, mi Mamanuela, ¡jojojojojo!

Por suerte no me llamó la atención por lo que le dije…Desde que llegó no dejé de molestarla;  pero, ¿qué podía hacer?, si tenía esa cara de guardia real en lugar de una anciana carismática.

Ayer, como nunca, casi todos los niños que fueron a verme se pusieron a llorar como si me los fuera a comer. ¿Será que vieron mi panza y creyeron que en ella hay niños? Alguna vez un pelado me lo dijo, bueno, se lo dijo a su madre a gritos mientras ella lo jalaba del brazo hacia a mí para tomarnos una foto juntos. Ese pequeño me dejó con un poco de paranoia.

–Maminuela, es que no entiendo, los niños mueren por conocer a Papa Noel, pero los que vinieron hoy, están muy llorones y no quieren que los abrace. Por supuesto, hay unos que me adoran y se aprenden de memoria su lista de regalos, una lista interminable de juguetes que mi bolsillo no les va a conseguir; pero, hoy son muchos los que parecen asustados, ¿qué opinas?

–Es que se dan cuenta de que tú no eres Papa Noel.

–Claro que lo soy.

–¿Entonces por qué se te ha movido la peluca? ¡Jojojo!

–¿Peluca? Pero si yo no tengo peluca. Yo soy el personaje en carne propia, desde el pelo hasta la panza.

–Por eso mismo, estaba siendo irónica… tienes un agujero grande en la mitad de tu cabeza y pelo largo alrededor. No sé cómo es que te contrataron. Asustas a los niños.

–Pero es que mi sombrero me cubre el agujero –le respondí a esa mujer, mientras me tocaba la cabeza y noté que no, no tenía mi sombrero puesto. En ese momento entendí por qué sentía una corriente de aire fresco sobre mí. Buscándolo en el suelo, noté que estaba sobre los pies de ella. Lo tomé y me lo acomodé sobre mi cabeza, de pronto se me acercó el siguiente niño, uno que fue un tanto insoportable.

–Hola pequeño, ¿cuál es tu nombre?

–Se supone que tienes que saberlo.

–No, pequeño.

–Claro que sí, así como sabes dónde vivo.

–Tu nombre y la dirección de tu casa, las sé porque me lo pones en tu carta.

–En mi carta nunca te pongo la dirección de mi casa y me dejas igual mis regalos.

–Capaz tu mami es quien me pone la dirección cuando va a enviarme la carta por el correo.

–Ah, bueno, eso sí podría ser. Aunque, ¿sabes?, creo que tu no eres Papa Noel.

–Claro que lo soy. ¿Por qué no jalas de mi barba? Vas a ver que es real.

–Sí, capaz sea real, pero eso no quiere decir que seas el Papa Noel de verdad.

–Pero claro que soy yo.

–Entonces, ¿dónde está Rodolfo? –qué complicado que era ese niño, era peor que Mamanuela.

–Rodolfo está en el techo junto los demás renos. No los dejaron entrar, a parte que se estresan cuando ven mucha gente. ¡Ouch! ¡Ouuuuuuch!

–Tú me dijiste que te podía jalar la barba – me dijo el pelado fijando su mirada en la mía. Podía escuchar una pequeña risa de la vieja de a lado.

–¿Ves que es de verdad?

–Sí pero como te dije hace un rato, ¡que sea verdad no quiere decir que seas Papa Noel!

–Entonces, ¿ya no quieres tomarte foto conmigo y Mamanuela?

–¡Sí!, pero solo con Mamanuela. Ya tengo una foto con otro Papa Noel que si puede ser el verdadero –sin que se de cuenta el pelado, me metí detrás de él en la foto. No iba a permitir mi ausencia frente a la cámara.

–Jojojo ¡Feliz Navidad lindo niño, feliz Navidad! Bajando las escaleras te entregarán tu fotito.

–Eres un fraude –me dijo Mamanuela.

–¿Y tú?

–No, a mi no me han acusado de falsa. Esa es la ventaja de estar callada.

–Ay Maminuela, cómo extraño a los duendes que me acompañaron el día de ayer –le dije. Y es que de verdad los extrañé mucho. Esos duendes eran divertidos, y bailaban a mi alrededor, y se sentaban en el piso. No entiendo por qué Mamanuela no se sentó en el piso si tan cansada estaba de permanecer de pie. Esa mujer de verdad tenía alma de vieja, pero de una de cien años. ¡Uf! ¡Qué lata esa mujer!

Yo siempre he trabajado solo. Fue recién en este año que algunos lugares en los que fui contratado, decidieron ponerme duendes, quienes igual me hicieron una grata compañía, pero me ha dejado muy triste que mi último día haya sido en ese centro comercial donde decidieron que una vieja complementaría la felicidad que yo les doy a esos niños. Una vieja que fue incapaz de ayudarme a convencer a ese niño de que yo era el verídico Papa Noel. Y es que el último día siempre es un poco triste, porque es el último, pero ayer fue más triste porque lo compartí con Mamanuela.

Ahora voy a tener que esperar trescientos veinte días metidos en una caseta de peaje, cobrando cincuenta centavos a cambio de un pedazo de papel y cediendo paso hacia la carretera. ¡Qué aburrido! Cómo quisiera que sea Noviembre otra vez, mes en el que empiezan a llamarme. Creo que voy a pedirme otra cerveza más; necesito seguir ahogando mis penas, aquellas penas que no las tendría si los únicos meses del año fueran Noviembre y Diciembre. Sí…. cómo quisiera ser el inmortal Papa Noel.

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