Opinión

Mi prometido se ha unido al frente de batalla en Ucrania

Iuliia Mendel es periodista y exsecretaria de prensa del presidente ucraniano Volodymyr Zelensky.

Cuando Pavlo me dijo con una sonrisa críptica que tenía noticias, pensé que me hablaría de un nuevo envío de ayuda humanitaria y los problemas que estaba teniendo para entregarlo. Pero lo que me dijo me dejó paralizada.

“No puedo sentarme junto a la falda de una mujer en plena guerra”, me dijo, tratando de expresar toda la ternura posible. Mi prometido se iba al frente de batalla, y lo único que pude hacer fue preguntarle, entre lágrimas, por qué.

Hace unas semanas, cuando las bombas rusas comenzaron a estremecer a Ucrania, abandonamos nuestras vidas en Kiev y nos mudamos a la ciudad occidental de Leópolis con algunas maletas y nuestros dos gatos. Pavlo, que trabajó como asesor en el ministerio de Energía antes de la guerra, intentó de inmediato unirse al frente. Pero cuando fue a una oficina de reclutamiento, le dijeron que había suficientes soldados.

“Sé que lo entenderás”, me dijo Pavlo, con una sonrisa tímida.

Lo entendí y a la vez no. No quise desalentarlo, pero no pude aceptar su decisión durante días. Era como si todo dentro de mí se hubiera congelado. Es el tipo de decisión que podría ser imposible de revertir.

Fuimos a Kiev a ver a sus parientes y a recoger su equipo militar. Lo primero que noté fue lo ruidosa que estaba la capital. Los vecindarios retumbaban: era como si el sonido de la artillería y los bombardeos nos rodeara, cerca y lejos, al mismo tiempo. Vimos autos despedazados por cohetes en las carreteras principales y pasamos por un centro comercial que había sido atacado y en el que murieron ocho personas.

Nos calmamos y nos fuimos a dormir, solo para ser despertados un par de horas después. La casa estaba temblando. Los cohetes “GRAD” estaban cayendo a unos 150 metros de nosotros. Todo a nuestro alrededor estaba en llamas: el bosque y los edificios; no había señal de teléfono. Bajamos las escaleras y pasamos la noche en un refugio antiaéreo, y por la mañana se pinchó un neumático tras pasarle por encima a un trozo de metralla. Un miembro local de las unidades de defensa territorial que por casualidad pasaba por allí nos ayudó a ponerle la llanta de repuesto al auto.

Las escenas en Kiev eran desconcertantes. Las calles estaban vacías, pero algunas tiendas pequeñas y cafeterías estaban abiertas. La capital parecía decidida a seguir viva, pero algo dentro de mí estaba haciendo lo contrario: era como si una luz se estuviera apagando, como si se desvaneciera.

Pasamos la noche en otro pueblo. Por la mañana, Pavlo se encontró con un camión de ayuda humanitaria que se dirigía al frente. Fue entonces cuando nos despedimos.

Pavlo me envía mensajes de texto casi todos los días, pero no dice mucho. Lo que me oculta es lo que me preocupa. “Estuve en el campo de tiro. Todo está bien”.

Sin embargo, todas las conversaciones las termina con un “te amo”.

Y eso hace que, de repente, me sienta viva de nuevo. Cuando ganemos esta guerra, nuestro amor reconstruirá nuestro país.

The Washington Post