Opinión

MI PASO POR UN MUNICIPIO

MSc. Brenda Mendoza Pimentel
FORO AGROPECUARIO ECUATORIANO

 

He decido compartir con mis lectores una experiencia que de cierta manera no cumplió mis expectativas según los planteamientos establecidos; muy probablemente a causa del laberinto burocrático: cuando el medioambiente choca con la política local, asumir la dirección ambiental de un municipio siendo ingeniera es, casi siempre, un acto de fe técnica. Uno llega con mapas de procesos, indicadores de sostenibilidad, el ímpetu por corregir errores de administraciones pasadas o rescatar lo bueno que dejaron y la certeza de que la ciencia puede ordenar el caos territorial. Sin embargo, la realidad de la administración pública local suele imponer un manual muy distinto, donde la incompetencia y la falta de recursos devoran cualquier plan de innovación.

La primera gran barrera es la precariedad operativa. Es imposible fiscalizar vertederos ilegales, medir la contaminación acústica o proteger cuencas hídricas cuando el departamento carece de las herramientas más básicas, desde software de monitoreo hasta  vehículos para inspecciones en terreno; y lo más relevante no existe el compromiso por mejorar sino solamente por el interés por un  sueldo. Diseñar estrategias ambientales sin insumos tecnológicos ni presupuesto es como intentar apagar un incendio forestal con un  vaso de agua. La técnica se vuelve impotente ante la escasez. A este panorama desolador se suma el verdadero lastre institucional: el factor humano. Las direcciones ambientales suelen convertirse en el depósito de favores políticos, llenándose de funcionarios  apadrinados que carecen de perfil técnico y, peor aún, de voluntad de trabajo. Cuando el personal de confianza o de carrera se ampara en su padrino político para ausentarse de sus obligaciones o ejecutar un trabajo deficiente, el engranaje se rompe. Lo grave es que las  falencias de toda la cadena burocrática siempre terminan recayendo sobre la cabeza de la dirección. Ante la ciudadanía y los entes de  control, la experta a cargo pasa de ser una profesional calificada a un chivo expiatorio de un sistema diseñado para el estancamiento.

Desistir y modificar de rumbo no es un fracaso profesional, sino una toma de postura ética. El campo ambiental exige rigor; cuando  un municipio solo ofrece simulación política y abandono presupuestario, cambiar el camino es el único espacio que le queda a la dignidad técnica