Opinión

Mi niña interior despierta con alegría

María Elena Gómez de Reshuan/Guayaquil

 

Buenos días de Dios.

No puedo dormir y mi niña interior me pide escribir.

Esa alegría que produce la inocencia, el placer de ir descubriendo cosas, de maravillarnos ante un atardecer, de disfrutar la creciente del río, de respirar esa brisa maravillosa y cálida que llega después de un día soleado.

Y es que esa niña lo disfruta todo.

Se emociona con las cosas sencillas, se maravilla con aquello que otros quizás ya dejaron de mirar y encuentra pequeños motivos para sonreír allí donde nadie más los ve.

Pero también, a veces, llora en silencio.

Mira hacia un futuro que todavía no conoce y comienza a imaginarlo. No sabe qué encontrará en el camino, qué puertas se abrirán, qué personas llegarán o cuáles tendrán que partir.

Sin embargo, hay algo que sí sabe: que Dios, en su infinita misericordia, la ampara, la protege, la cuida y la guía.

Ella sabe que Dios le dará fortaleza cuando la necesite, paciencia cuando las cosas no sucedan a su tiempo y, sobre todo, que nunca le faltará amor.

Pero esa niña interior es inquieta.

Le gusta crear, pintar, moldear, imaginar y fantasear. Puede pasar de un pensamiento a otro con una facilidad maravillosa y convertir una simple idea en todo un mundo.

A veces sus fantasías van dirigidas a algo tan sencillo como imaginar un rico postre que quisiera preparar y que todavía no termina de decidirse a hacer.

Porque así es ella.

Puede estar en paz y, al mismo tiempo, sentir cierta angustia. Puede sonreír mientras una lágrima imprudente resbala por su rostro sin pedir permiso.

Y entonces se pregunta, quizás sin decirlo:

¿Por qué, si nací para ser feliz, hoy me siento triste?

Tal vez porque hasta las niñas que llevan alegría dentro necesitan, de vez en cuando, llorar. Quizás esa lágrima solamente viene a recordarnos que seguimos siendo humanos, que tenemos sentimientos, recuerdos, sueños y esperanzas.

Y mi niña interior lo sabe.

Por eso, aunque hoy esté triste, no ha dejado de soñar.

No ha dejado de crear.

No ha dejado de imaginar.

No ha dejado de creer.

Porque muy dentro de ella sigue existiendo esa pequeña niña que mira el atardecer, escucha el río, siente la brisa sobre su rostro y vuelve a descubrir que la vida, a pesar de todo, sigue siendo un maravilloso regalo de Dios.

Y quizá hoy no necesite pedirle que deje de llorar.

Quizá solo necesite sentarme junto a ella, tomarla de la mano y decirle:

“Llora si tienes que llorar, pequeña… pero no tengas miedo. Dios está contigo. Yo también.”

Porque esa niña que un día soñó con la vida que tendría, hoy mira hacia atrás y descubre que, sin darse cuenta, se convirtió en la mujer que aquella niña soñaba ser.

Y entonces comprendo algo maravilloso:

La niña interior no desaparece cuando crecemos.
Simplemente aprende a vivir dentro de la mujer en la que nos convertimos.

Por eso, cuando ella despierte con alegría, démosle permiso para reír, soñar, crear, imaginar y maravillarse.

Y cuando despierte triste, no la regañemos ni intentemos callarla.

Abracémosla.

Porque quizá esa lágrima que hoy se desliza por su rostro no sea una señal de tristeza, sino la manera que tiene su corazón de decirnos que todavía siente, todavía sueña y, sobre todo, todavía cree.

Y mientras esa niña siga creyendo en Dios, en el amor y en la vida, siempre habrá una razón para volver a sonreír.

Porque esa niña interior soy yo.

Y sí…

nací para ser feliz.