Opinión

Mérida y los vaivenes de las guerras

RICARDO GIL OTAIZA. El quiebre del orden colonial y el abrazo dado a la causa republicana, de alguna manera desarticularon su rostro en el que desde siempre se reflejaron las claves de la merideñidad.

Los vaivenes de la guerra de independencia trajeron a la ciudad un saldo de pobreza y de despropósitos. Muchas de las familias quedaron desarticuladas, hundidas en el duelo y la miseria. Si bien por su lejanía Mérida no sufrió con mayores rigores su adhesión a la causa patriota como otras provincias y la propia Caracas, la pléyade de acontecimientos de orden político estremeció su economía, su paz y su sosiego. El quiebre del orden colonial y el abrazo dado a la causa republicana, de alguna manera desarticularon su rostro en el que desde siempre se reflejaron las claves de la merideñidad: tierra, iglesia, vida académica, así como tradiciones y cultura, aparejadas a las bases anteriores.

 

La guerra de independencia trajo a nuestras tierras la diáspora, el desarraigo, el resquebrajamiento del trabajo, la pérdida de cuantiosos recursos, el abandono de haciendas y de conucos, el pillaje, el odio ancestral, la división de la iglesia local en bandos enfrentados (un cisma, ni más ni menos) y, con ella, la pérdida de instituciones como el convento de Santa Clara, el Seminario y la Catedral (que implicaba además la sede episcopal y el Cabildo Eclesiástico), que con la excusa de no hallarse en la ciudad devastada por el terremoto un “espacio” ni condiciones adecuadas para sus ingentes tareas, se desgarraron de nuestra entidad para ser llevadas a la lejana Maracaibo. Tiempo después fueron restituidas a Mérida la Silla Episcopal, el Cabildo Eclesiástico y el Colegio Seminario gracias a un decreto del Congreso General de Colombia, durante la presidencia del General José Antonio Páez, pero ya las huellas del desarraigo, de la mano de clérigos como Francisco Javier Irastorza y Mateo Mas y Rubí, propulsores de la nefasta acción (aunque con mayor fuerza el primero), quedarán grabadas en la memoria de una ciudad que perdona, pero no olvida. Ya resulta dramática la narración de los últimos días de Irastorza en nuestra ciudad.

 

La larga Guerra de Independencia, y más tarde la no menos cruenta Guerra Federal, dejaron en nuestra entidad máculas significativas con la pérdida de importantes tradiciones y de hechos culturales, hasta entonces arraigados desde el mestizaje dado a partir de la conquista y que se profundizara en la colonia. Ni qué decir, para ratificar esto, de la pérdida dolorosa en cuanto a órdenes clericales, gastronomía, educación, urbanidad, música, vestido, bailes, jergas, literatura, jurisprudencia, entre otras cuestiones. El odio inoculado a las nuevas generaciones por lo hispano, creció en el corazón y en el espíritu hasta transformarse en pérdida y en olvido. El abrupto quiebre con el orden colonial, en aras de una autonomía política y de otros órdenes crematísticos e ideológicos, echó por tierra más tres siglos de configuración y sedimentación en lo social y en lo cultural.

 

El 16 de septiembre de 1810 fue un punto de inflexión en nuestro devenir histórico con el quiebre del orden colonial. A partir de entonces, ya nada fue igual. Una nueva Mérida emergía de aquel nebuloso episodio signado, entre otros factores, por el arrojo personal, la intrepidez, el sentido de la oportunidad y del momento histórico, el cese de tanta injusticia de parte de unas autoridades monárquicas despóticas e incomprensibles; pero también, y tenemos que decirlo, por la ingenuidad, la codicia, la delación, la ambivalencia del corazón humano, las bajas pasiones, el odio tribal, las desavenencias y querellas personales y familiares, la inquina, las ansias de poder, el rompimiento con las raíces y lo atávico; y por el más profundo desarraigo.

 

Fuente: El Universal