Realidades

Matilde Ampuero: ‘La adaptación es una forma de resistencia’

La crítica curadora de arte Matilde Ampuero está detrás de dos de las más grandes y exitosas exposiciones que recuerde en los últimos años el Museo Antropológico y de Arte Contemporáneo (Maac) de Guayaquil. La irreverencia ha marcado el hilo conductor de muestras colectivas como ‘Contaminados’ y ‘¿Es inútil sublevarse?’, que revalorizó a La Artefactoría y le valió al grupo guayaquileño un premio Mariano Aguilera (2017).

Uno no se despierta pensando un día: voy a convertirme en curador. ¿Cómo llega a la curaduría?

Empecé a interesarme en el mundo del arte siendo muy joven debido a mi amistad con los miembros del grupo de artistas La Artefactoría. Yo había estudiado literatura en la Católica de Guayaquil, así que ellos me pidieron que escribiera sus catálogos, luego los ayudé en la conceptualización y comunicación de algunos proyectos colectivos y colaboré con pequeños textos interpretativos de las obras. En los años 80, acompañé a los artistas en sus reflexiones, sobre todo políticas; siempre fui muy radical y combativa.

¿Es una profesión extraña, no?

Hice camino al andar. Tuve grandes maestros y amigos: Juan Castro, Madeleine Hollaender, Antonio Caro, y la sensibilidad y pasión necesarias para trabajar con esos seres difíciles y egocéntricos que son los artistas, a los que admiro profundamente. Es un extraño título para definir a una persona que, por lo general, termina con los nervios destrozados. Lo más raro es que debes tener un trabajo paralelo para mantener tu economía a flote.

¿En estas grandes colectivas se ‘cura’ también el ego de artistas?

El ego es el motor que mueve al artista y que le permite exponerse, arriesgarse con su propuesta. Creo que el curador es sobre todo un interlocutor, un acompañante, a veces un facilitador de escenarios y otras un intérprete del contexto y un comunicador. Los curadores surgen de la necesidad de poner en valor la obra de un artista, de una generación, de un tema, historia o geografía humana. La elaboración de una propuesta curatorial implica trabajar con significados múltiples, establecer diálogos y, ojalá, identificar los diversos públicos.

Y al fin, ¿es inútil sublevarse?

La pregunta fue el título de la retrospectiva de La Artefactoría y viene del famoso texto de Michel Foucault. Allí el filósofo planteaba las diferencias entre revolución y sublevación. La revolución, nos dice, es un acto planificado que implica estrategias previas, la sublevación de un pueblo es espontánea: aunque haya peligro de muerte, el colectivo se lanza porque no hay otro camino que la rebelión. A mi me pareció importante desarrollar el tema de la sublevación en la región latinoamericana, en su arte, a través del relato del grupo La Artefactoría y de su accionar en la ciudad de Guayaquil, pero también del relato político de una época de múltiples protestas populares: el siglo XX.

¿Qué puntos de encuentro ve con estas protestas sociales que han ido de país en país, hasta asentarse ahora en Colombia?

Creo que el capitalismo global ha llevado a los extremos la extracción de la fuerza y dignidad laboral. Eso tiene un precio: la rebelión social y la sublevación colectiva. La violencia del poder no solo la sufrimos los seres humanos, sino otros reinos, el animal y el vegetal, finalmente todo el planeta. Aquí estamos con un virus que no se sabe de dónde salió ni adónde nos llevará. De cierta manera, a diferencia de los años ochenta, no existe la utopía de un mundo mejor o de la posibilidad de transformación o de tener un camino alternativo. Ahora veo como un lugar de la no-esperanza.

¿Lo que no está claro ahora es el camino, dice usted?

Con la negación de la utopía se cierra una vía, quizás por la distancia generacional con los jóvenes uno no puede ver ese camino, pero hay un instinto de trascender y de estar en un lugar mejor. Aunque hayamos estado equivocados los jóvenes en los 80, había una alternativa, ahora todo está banalizado, todo termina siendo manipulado. La adaptación también es una forma de resistencia que aprendí a respetar de los pueblos comunales de la península (de Santa Elena), que transan con el sistema o el dominio. Entonces creo que es una era donde hay que trabajar en colectivo. Tenemos que aprender de las comunidades ancestrales ese aspecto, que fue el que los mantuvo unidos y vivos.

¿El costo de ‘transar’ fue alto para los artesanos de La Pila, en Manabí, con los que usted trabajó en la muestra ‘Contaminados’?

Ellos vendían réplicas de piezas precolombinas, incluso a los extranjeros, y llegaron a exportarlas. Tomaban la arcilla del mismo lugar del que la extraían sus ancestros y eran obras de gran calidad. Hasta que Patrimonio Cultural les exigió llevar las piezas para auntentificarlas como copias. En ese requisito burocrático, para que no se traficara con las piezas verdaderas, perdieron clientes y las ganas de seguir trabajando. El trámite de llevar las piezas a Guayaquil era muy engorroso. Los viejos artesanos siguen allí, ojalá sigan enseñando el oficio a los jóvenes, pero es cierto que se ha perdido mucho. Su capacidad de transformación es también una forma de adaptación y sobrevivencia.

¿Qué pasa ahora con ellos?

Se tuvieron que adaptar al mercado de los moldes de las artesanías chinas: frutas, pavos, papagayos. Trabajando ya no el lodo de sus ancestros, sino con masilla química o una especie de porcelana. Las pocas réplicas que hacen ahora las esconden, no las pueden exhibir ni comercializar. En casa de los artesanos, preguntándoles, encontré para la exposición ‘Contaminados’ piezas de artesanía erótica que evocaban el erotismo de piezas precolombinas. Y expusimos unas al lado de las otras . Con un poco de rubor por el tema, sacaban los objetos de algún cajón, felices de enseñarlos al fin. Los problemas en Latinoamérica siguen siendo los mismos: la colonialidad y la hegemonía, por ejemplo, el dinosaurio sigue estando allí cuando despertamos, pues…

Trayectoria

Investigadora y gestora cultural guayaquileña. Escribió los manifiestos del grupo La Artefactoría (1986-1989). Fue coautora del Proyecto Académico del Instituto Tecnológico de Artes del Ecuador, ITAE (2002-2005). Ha escrito en diarios y revistas locales.

El Comercio

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