Opinión

Masculinidad atómica

María Verónica Vernaza G./ Guayaquil

Para algunas personas el significado de masculinidad está ligado a la agresión y a la dominación. Hoy es común hablar del hombre tóxico, aquel que quiere oprimir a la mujer en todo espacio, quien la acosa de manera emocional, física y espiritual.

Controlar el campo de fútbol es muy bueno, pero no una relación de pareja. Cuando nuestra humanidad no tiene la efusión de la presencia de Dios, somos tóxicos, tanto hombres como mujeres, y es por eso que vemos en la sociedad una distorsión de lo que significa ser en realidad hombre y mujer. Para muestra, solo hay que revisar la publicidad andrógina que existe por todas partes, con hombres muy femeninos y mujeres muy masculinas. La masculinidad tóxica tiene miedo de ser receptivo y vulnerable, pues no le gusta demostrar ninguna herida o debilidad. Pensamos que la mejor forma de erradicar esa masculinidad tóxica es castrando significativamente al hombre, ese es el antídoto que propone la sociedad.

El primer mandato que le dio Dios al hombre se encuentra en el Génesis: “Tengan muchos hijos, llenen el mundo y gobiérnenlo” (Gn. 1, 28). Dios le mandó a Adán que cuide el jardín y ¿eso significa que la mujer no está llamada a cuidar ese jardín? Claro debe hacerlo, pero lo hace de forma diferente. El hombre cuida en su manera masculina y la mujer en su feminidad. Pongamos un ejemplo que seguro será de ayuda. Imagínense que son las tres de la mañana y toda la familia está durmiendo en sus cuartos. De pronto se escucha movimientos en la cocina. ¿Quién se dirige a la cocina a revisar qué ha sucedido? El papá, como responsable de la casa seguro irá a revisar la situación, mientras la mamá instintivamente revisará a sus hijos en los cuartos. ¿Qué reacción es la más acertada? Ambas posturas representan una forma única de cuidar de sus hijos, de su familia, pero de manera diferente.

El venerable obispo estadounidense Fulton J. Sheen, en 1932 dijo: “Hay una hambruna en el mundo, no de pan sino algo más, que amenaza a todos los países del, hambre de verdaderos hombres buenos, en otras palabras el mundo sufre de una terrible némesis de mediocridad”. El verdadero hombre conoce su fuerza, su fisiología única y su habilidad de enfocarse en un objetivo con precisión láser. Todo eso para estar al servicio de la mujer como guardianes, protectores y administradores. La mujer es la obra maestra de la creación, pues los mejores artistas culminan sus trabajos con la mejor obra, y así lo hizo Dios (Gn. 2, 22). Y esa obra maestra debe llevar a los hombres a dar su vida, como lo hizo Cristo (Ef. 5, 25). “El amor más grande que uno puede tener es dar su vida por sus amigos” (Jn. 15, 13).

Pero también debemos dejar de pensar que la mujer es el sexo débil, si fuera débil no tendría la habilidad de dar a luz, no una, sino múltiples veces. La sociedad necesita a gritos de ambas dimensiones del ser humano, buenos hombres y buenas mujeres, con su manera única de ser. San Juan Pablo II por eso habla una y otra vez en su Teología del Cuerpo sobre de la reciprocidad del don. En la audiencia general del 15 de octubre de 1980: “La vida humana por naturaleza es coeducativa, y su dignidad y equilibrio dependen en cada momento de la historia y en cada punto geográfico de quién será ella para él y quién será él para ella”. La humanidad y dignidad depende en cómo se ven uno al otro para complementarse.

Por eso, hoy propongo la masculinidad atómica, en vez de tóxica, esa que hace del hombre un ser abierto y receptivo en su forma única de existir