Opinión

“Más allá de la vida… la muerte”

Por: GiocondaJuez/Wuanplus tv
Guayaquil Ecuador

 

Hay una extraña paradoja en la muerte: cuando alguien se va, muchas veces comenzamos a descubrir todo aquello que no supimos,o no quisimos, mirar mientras estaba vivo.

De pronto, los defectos pierden tamaño. Aquellas diferencias que parecían enormes, las palabras que nos lastimaron, los errores que juzgamos con severidad y hasta las decepciones que alguna vez nos alejaron, parecen ocupar un lugar distinto frente a la ausencia.

La muerte tiene esa capacidad dolorosa de cambiar nuestra mirada.

Entonces recordamos la sonrisa, la generosidad, aquella conversación, el abrazo que quizá no valoramos suficiente, el consejo que no quisimos escuchar. Rescatamos las virtudes que estuvieron siempre allí, pero que quedaron escondidas detrás de nuestras críticas, nuestras heridas o nuestras propias circunstancias.

Y quizá allí esté una de las grandes lecciones de la muerte: no esperar a perder a alguien para reconocer su valor.

Porque todos somos una mezcla de virtudes y defectos. Nadie transita por la vida sin equivocarse, sin herir alguna vez, sin tomar decisiones equivocadas o sin tener momentos de egoísmo. Pero una persona no puede reducirse a sus errores. Somos también lo que entregamos, lo que amamos, lo que intentamos, lo que hicimos por otros y las huellas que dejamos en quienes compartieron nuestro camino.

¿Por qué somos capaces de perdonar después de la muerte aquello que no pudimos perdonar en vida?

¿Por qué pronunciamos con tanta facilidad palabras hermosas frente a un féretro que quizá debieron ser dichas cuando todavía había unos ojos capaces de recibirlas?

Tal vez porque la muerte nos enfrenta, de manera definitiva, con lo esencial.

Nos recuerda que el tiempo no regresa. Que una llamada puede quedar para siempre sin hacerse. Que un abrazo puede convertirse en un recuerdo. Que pedir perdón puede tener una fecha límite que desconocemos.

Por eso, más allá de la vida está la muerte, sí. Pero mientras estamos vivos existe algo todavía más poderoso: la posibilidad de amar, perdonar, agradecer y reconocer.

No esperemos a que alguien muera para hablar de sus valores. Digámosle a nuestros seres queridos cuánto significan. Reconozcamos sus esfuerzos. Perdonemos cuando sea posible. Celebremos sus virtudes sin permitir que sus defectos sean los únicos protagonistas de nuestra memoria.

Porque cuando llegue el momento inevitable de la despedida, no debería quedarnos la tristeza de todo lo que nunca dijimos.

Que cuando alguien se vaya, podamos llorar su ausencia, pero también sonreír por haber tenido la oportunidad de compartir su vida.

Quizá la verdadera enseñanza de la muerte no sea solamente que algún día todos partiremos.

Quizá sea recordarnos, cada día, cómo queremos vivir mientras todavía estamos aquí.