Opinión

Más allá de la razón

Por: Yovana Cárdenas Lino
Desde Lima-Perú para La Nación de Guayaquil-Ecuador.

 

 

Vivimos en una época en la que todo parece exigir una explicación. La ciencia busca demostrar, la filosofía argumenta y la razón intenta responder las grandes preguntas de la existencia humana. Entre ellas, una de las más profundas sigue siendo la misma desde hace siglos: ¿existe Dios?

La filosofía ha dedicado buena parte de su historia a responder esta interrogante mediante razonamientos y argumentos que intentan demostrar la existencia de un ser supremo. Ese esfuerzo tiene un enorme valor, porque el ser humano necesita comprender y encontrar fundamentos racionales para aquello en lo que cree. Sin embargo, para el cristiano la certeza de Dios no nace únicamente de una demostración intelectual. La verdadera convicción surge de una experiencia mucho más profunda: el encuentro personal con Dios.

La fe cristiana no consiste simplemente en aceptar un conjunto de verdades o cumplir determinadas normas religiosas. La fe es, ante todo, una relación viva con una persona: Jesucristo. Es descubrir que Dios no es una idea abstracta ni un concepto filosófico distante, sino un Padre que acompaña, sostiene y transforma la vida de quienes abren su corazón a Él.

Por eso, el Evangelio de San Juan resume el núcleo del mensaje cristiano con una sencillez extraordinaria: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). En estas palabras no encontramos una teoría sobre Dios, sino la manifestación concreta de un amor que toma la iniciativa y sale al encuentro del ser humano.

Ese encuentro se fortalece diariamente mediante la oración. Orar no significa únicamente pedir ayuda en momentos difíciles, sino mantener un diálogo permanente con Dios, reconocer su presencia en la vida cotidiana y permitir que ilumine nuestras decisiones. En medio de las incertidumbres, la oración devuelve serenidad porque recuerda que nunca caminamos solos.

Pero la presencia de Dios también se manifiesta en la conciencia moral. Cada persona experimenta interiormente una llamada constante a hacer el bien, actuar con justicia y respetar la dignidad de los demás. Esa voz interior, que orienta nuestras decisiones y nos impulsa hacia los valores auténticos, constituye uno de los signos más profundos de la acción de Dios en nuestra existencia.

San Pablo describía esa transformación mediante los frutos del Espíritu: amor, alegría, paz, paciencia, bondad, generosidad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio. Estos valores no son simples ideales éticos; representan la evidencia concreta de una vida que ha sido tocada por Dios. Cuando una persona ama más, perdona con sinceridad, sirve sin esperar recompensa y actúa con rectitud incluso en medio de las dificultades, demuestra que la fe produce cambios reales.

En una sociedad marcada por el individualismo, la violencia y la pérdida de referentes morales, esta experiencia resulta especialmente necesaria. Muchas veces buscamos el sentido de la vida en el éxito profesional, el reconocimiento social o el bienestar material. Sin embargo, ninguna de esas metas logra llenar completamente el corazón humano. Solo el encuentro con Dios, ofrece una esperanza capaz de sostenernos incluso en los momentos de mayor fragilidad.

Esto no significa despreciar la razón ni la reflexión filosófica. Al contrario, ambas enriquecen la comprensión de la fe y ayudan al diálogo con el mundo contemporáneo. Pero existe una dimensión que ningún razonamiento puede reemplazar: la experiencia personal del amor de Dios. Es allí donde la fe deja de ser un conocimiento adquirido para convertirse en una realidad vivida.
El cristianismo no propone simplemente aprender una doctrina, sino seguir a una persona. Antes que convencer mediante argumentos, invita a experimentar una relación que transforma la existencia desde dentro. La Iglesia, a lo largo de los siglos, ha transmitido precisamente el testimonio de hombres y mujeres cuyas vidas cambiaron después de encontrarse con Jesús.

En medio de un mundo que busca respuestas cada vez más complejas, Dios continúa acercándose con la sencillez de quien llama al corazón humano. La verdadera certeza de su existencia no se encuentra únicamente en los libros de filosofía ni en los grandes debates intelectuales, sino en el amor que cambia vidas, en la paz que nace de la oración, en la fuerza de la conciencia moral y en la presencia cotidiana de Jesús, que sigue caminando junto a nosotros.

Porque, al final, la fe no consiste en demostrar que Dios existe, sino en descubrir que Él nunca ha dejado de estar presente en nuestra vida.