Opinión

Marcelo el portero

María Cristina Menéndez Neale

Cristimenendez85@gmail.com

@CristiMenendezN

Una fuerte corriente de aire invade su rostro y su cuello. Su piel genera bolitas, las cuales reflejan el frío que siente. Encoje sus hombros, trata de esconder su cuello entre ellos. Cruza sus brazos y frota la piel de ellos con la palma de sus manos. Mira a su alrededor y cae en cuenta que la puerta del lobby ha quedado abierta.

Marcelo es el portero del edificio, de un edificio compuesto por cincuenta departamentos, donde casi todos están siendo ocupados por personas que salen y entran, entran y salen, unos nunca salen, otros salen y nunca vuelven a entrar.

Se levanta de su puesto y se dirige a la puerta para cerrarla. Regresa a su puesto, suspira y fija su mirada de nuevo hacia la puerta, la cual es de vidrio, y mira a través de ella para ver si acontece algo interesante fuera del edificio, pero apenas pasan tres autos.

Son las cinco y media de la mañana; Marcelo siente mucho aburrimiento y sueño. Lo único que lo entretuvo un rato fue que a las cinco en punto, hora en la que empieza su turno, una señora del piso siete, bajó con unas maletas y le pidió a Marcelo que le llame un taxi, lo cual hizo, y apuntó en su agenda el nombre de un cortinero. La señora le dejó indicado que estaría ausente por una semana, y que por favor le cuide las llaves de su departamento, ya que en esos días iba la empleada a limpiar, y también iba un señor a colocar unas cortinas.

Revisa dos pantallas que tiene sobre su escritorio, las cuales muestran imágenes del ascensor, del parqueo, del jardín y del gimnasio. Todas las locaciones están vacías menos el gimnasio, cuyas cámaras muestran a una mujer haciendo caminadora y un hombre haciendo pesas. Sus ojos se dejan atrapar por la voluptuosidad de la mujer, quien viste un short y un mini top. La caminadora empieza a ganar velocidad, y la mujer empieza a trotar, y sus pechos empiezan a rebotar. Marcelo por fin termina de despertar y su aburrimiento finalmente desvanece.

El teléfono suena, Marcelo salta y contesta, pero nadie responde porque no era el teléfono que sonó sino el timbre del edificio. A través de la puerta, ve a un muchacho de gorra con unos sobres. Marcelo toma el intercomunicador.

–¿Quién es?

–Vengo a dejar unos documentos para el señor Barriga.

–¿Quién es?

–Que vengo a dejar unos documentos para el se…

–Si muchacho, si entendí, –interrumpe Marcelo –¿pero de parte de quién?

–Del señor Guzmán.

–Ok, un momento por favor.

Marcelo toma el teléfono y llama para el departamento del señor Barriga; mientras espera a que respondan, Marcelo mira de nuevo a la pantalla, y ve que la mujer y sus pechos ahora están trotando más rápido. El señor Barriga responde:

–Hola.

–…………… –Marcelo está hipnotizado con aquella mujer.

–¿Hola? ¿Quién es?

–¡Ah! Señor Barriga, aquí vienen a dejar un documento para usted de parte del señor Guzmán.

–Ah, ok, sí. Recíbalo por favor, y me lo tiene ahí, que yo lo tomo cuando salga para la oficina.

–……………

–¿Escuchó? ¿Hola?

–Ah, sí, por supuesto, señor.

Marcelo le abre la puerta al muchacho a través de un timbre y recibe los documentos. Cuando el muchacho se va, Marcelo siente de nuevo una fría corriente de aire que le produce escalofrío. La puerta quedó abierta. << ¡Mierda! Es que no les cuesta nada cerrarla cuando salen>> se dice así mismo, jalándose el lado derecho de su abultado bigote.

Se levanta y se dirige a la puerta, la cierra y regresa a su puesto colocando sus ojos sobre la mujer cuyos pechos ya no saltan sobre la caminadora, sino que saltan desnudos sobre el hombre de las pesas. Marcelo apaga la pantalla, luego la prende, se levanta, pero al segundo se sienta. No sabe qué hacer. No puede permitir que esas cosas sucedan en un área común del edificio.

Finalmente, se levanta, toma un par de piedras pequeñas del jardín, y regresa al lobby. El gimnasio está un piso más arriba, pero tiene una ventana que da a la recepción. Marcelo tira dos piedritas, provocando ruido en la ventana, y por las mismas las recoge al caer al suelo y corre a su puesto para ver si paró la situación.

Funcionó. En la pantalla sale la mujer colocándose la ropa rápido y salir por la puerta, dejando atrás al hombre quien está brincando sobre una pierna, tratando de ponerse la lycra, la cual no le sube con facilidad. Marcelo suspira y vuelve a ver hacia la puerta, a través de ella. Pasan un par de motos, un carro, y tres peatones caminando por la cuadra. Después de unos minutos, la calle queda vacía y dirige su mirada a la agenda. <<Faltan diez minutos para alimentar a los peces del jardín>> piensa para sí mismo, mientras toma una pluma y comienza a dibujar cubos en 3d sobre los costados de las páginas de la agenda.

Se levanta y sale al jardín para alimentar a los peces, que están en una pequeña laguna artificial. Después de lanzarles la porción del día, se acuclilla y empieza a verlos fijamente. Uno de ellos saca la cabeza del agua, pareciera que fuera a saltar, y esto genera cierto nerviosismo en Marcelo, lo cual hace que retroceda dos pasos mientras sigue acuclillado. El pez sumerge por unos segundos su cabeza y vuelve a sacarla, abriendo la boca en forma de “O”. Marcelo se levanta y le da la espalda al pez, dirigiéndose de nuevo a su puesto en la recepción.

Marcelo mira las pantallas, ya hay más movimiento en el edificio. En el ascensor hay una mujer con un perro, tres señores, entre esos el señor Barriga, y un niño con su mochila. Las cámaras que dan al parqueo captan a un joven trepándose a su carro, y otro tomando una de las bicicletas colgadas en una pared. En la puerta de la entrada del edificio, llega el jardinero. Marcelo le timbra la puerta para dejarlo pasar, mientras que a su vez el señor Barriga se acerca a preguntar por los documentos que le dejaron hace una hora. Marcelo se los entrega, mientras responde a los saludos de “buenos días” de las personas que están saliendo del ascensor.

El silencio lo visita otra vez, con una corriente de aire fría. La puerta ha quedado abierta de nuevo. Marcelo se levanta y la cierra. Regresa a su puesto y mira a través de ella. Pasan dos taxis y tres peatones. Uno de esos peatones se acerca a la puerta del edificio y timbra.

–¿Quién es?

–Vengo a colocar unas cortinas –dice un anciano señalando un bolso abultado que lleva colgado en su hombro.

–¡Ah! Pero usted debía venir en dos días.

–Así es, pero terminé de arreglarlas antes de tiempo, por eso vengo a colocarlas hoy.

–Ok, pase, pase.

Marcelo le timbra, el cortinero entra y coloca su bolso en el suelo, suspira y apoya su cabeza sobre su puño derecho, cuyo codo está apoyado sobre el escritorio de Marcelo.

–¿Me va a dejar subir al departamento de la señora?

–Ehh, sí, un momento –dice Marcelo con cierto nerviosismo, mientras revuelve los papeles de su escritorio. Se agacha al piso y apoya su cara sobre éste, mira debajo de su silla –. ¿Puede regresar el día que le tocaba venir? –dice esta vez sentado de nuevo sobre su asiento.

–No entiendo…

–No encuentro las llaves. Mejor déme su numero y lo llamo apenas las encuentre, por favor.

–Yo no pretendo seguir cargando estas cortinas, pues son muy pesadas. Aquí se las dejo.

–Ok, las guardo en el armario, no se preocupe.

–No me vaya a hacer quedar mal con la señora, yo he cumplido mi trabajo. Usted perdió las llaves.

–Seguro están por aquí, lo llamo apenas las encuentre.

–¡Bah! –exclama el cortinero mientras camina hacia la puerta, tirándola a sus espaldas.

<<¿Qué hice con las llaves?>> se pregunta a sí mismo. Toma el bolso y lo guarda en el armario detrás de su asiento. Regresa a su puesto y se queda congelado; a través de la puerta de vidrio, ve que el cortinero está hablando por celular de forma agitada, moviendo sus brazos. De pronto, el cortinero golpea la puerta, en lugar de usar el timbre. Marcelo cierra los ojos y le timbra la puerta para abrirle.

–¿Pero qué cara es esa que tiene? –le pregunta el cortinero a Marcelo quien tiene su rostro pálido y tenso.

–Dígame, ¿qué sucede?

–Pues, relájese. Llamé a la señora, pues no iba a correr el riesgo de quedar mal con ella. Está en el aeropuerto. Ella se olvidó de entregarle las llaves. Se las llevó por accidente –Marcelo recupera el color de su piel morena y sonríe a medias.

–Ok. ¿Entonces cuándo viene?

–Pues cuando ella regrese. Por favor me tiene el bolso, que es muy pesado. Ya relájese y perdón por ponerlo nervioso.

–No se preocupe. Adiós –dice Marcelo, mientras camina hacia el baño.

Regresa a su puesto, revisa su agenda y cae en cuenta que los de la compañía de Internet que venían a instalar el servicio a uno de los residentes, no aparecieron una vez más. Toma una pluma y escribe a lado del nombre de la compañía “incumplidos”; luego, comienza a dibujar cubos en 3d al final de la página.

Sus dibujos son interrumpidos por una fuerte corriente de aire. Marcelo se jala el lado derecho de su abultado bigote, desahogando así la rabia. Se levanta y se dirige a la puerta, la cierra y regresa a su puesto. Mira a través de ella, esperando a que algo suceda. Esperando que suceda algo que desvíe por completo su monotonía.

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