Opinión

MANTENEMOS LAS CRISIS MORAL, POLÍTICA Y ECONÓMICA, SIN ESPERANZAS DE SEPULTARLAS

Antonio Aguirre Medina / Guayaquil

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Desde que tengo uso de razón y la memoria no me es infiel, casi todos los jefes de Estado que recuerdo, incluyendo algunos de los gobiernos constitucionales y de facto, han tenido algunos de sus familiares o allegados al menos con alguna denuncia o indicio de actos de corrupción. Personalmente excluyo a los impolutos expresidentes de la República: Doctor José María Velasco Ibarra, Doctor Carlos Julio Arosemena Monroy, Señor Clemente Yerovi Indaburu, Dr. Rodrigo Borja Ceballos, Dr. Yamil Mahuad Witt y General Guillermo Rodríguez Lara. Puede ser que se me escape algún otro honorable Presidente.

Es posible que el mal endémico de la corrupción llegó al país tomado de la mano de la tristemente célebre Revolución Ciudadana, que forma parte de algunas tendencias cuyo fin principal es apoderarse del nuevo continente con planes internacionales de fondo comunista como el Foro de Sao Paulo, o uno más moderno e igual de destructor conocido en el bajo mundo de la sedición y oportunismo mal utilizado, como es el Grupo de Puebla.

La sorpresiva y más que todo inesperada llegada al poder del joven actual Presidente nos trajo la esperanza de mejores días para nuestra azotada y desvalijada patria, pero los que pensábamos que era un remedio a corto plazo se convirtió en la misma enfermedad.

Hoy tenemos un Presidente que es frecuente viajero, no tiene Vicepresidente a quien delegar las responsabilidades del Estado en sus frecuentes ausencias; algunos de sus Ministros de Estado viven en el limbo estatal, dedicados a otros menesteres, salvo honrosas excepciones. En resumidas cuentas, la República navega a la deriva con rumbo incierto.

Si busca una posible reelección, piense en la posibilidad de reestructurar y mejorar su gabinete con ciudadanos capaces e idóneos para poder gobernar con toda la autoridad y capacidad necesarias en el poco tiempo que le queda como Presidente de la República.