Opinión

Luto Eterno

Claudio Campos

claudiocampos142@hotmail.com

@claudioncampos

El despertado sonó temprano pero me costó demasiado levantarme más allá de que había dormido las horas necesarias. En aquel instante sentí que algo había llegado a su fin más allá de que no quise admitirlo por varios días. Preparé mi bolsito con artículos personales para el aseo y desayune en silencio intentando asimilar la sensación que ya dominaba mi mente pero que mi cuerpo no quería recibir.

Era la última semana de entrenamientos porque el torneo llegaba a su fin y nuestro equipo ya no peleaba nada importante, entonces las practicas era recreativas y solo por cumplir con la formalidad de presentarnos en el club. Me duché sin hablar mucho, observé los movimientos normales del vestuario e intenté guardarme ese olor inigualable que convivió cerca mío por más de dos décadas en diferentes lugares y con vivencias diferentes, cargadas de anécdotas pero por sobre todo de mucha vida, porque es ahí donde late de manera más fuerte el corazón de cada institución, y son pocos los que tienen el privilegio de sentirlo tan de cerca. Volví a mi casa e intenté que la rutina me despejara la mente para no pensar en aquella situación que golpeaba insistentemente a mis pensamientos tratando de que le preste atención y profundice sobre una posibilidad que hasta el día anterior era remota.

Almorcé con mi familia, miré un poco de televisión y busque conciliar el sueño para ingresar en la siesta reparadora pero por más que quise no pude, era más fuerte que yo y tuve que comenzar sin otra alternativa a desmenuzar las posibilidades futuras y por primera vez desde que pateaba una pelota imaginarme como seria no volver hacerlo con la presión de que no solo fuera mi pasión sino también mi trabajo.

Recordé cómo comenzó todo, en los inmensos sacrificios que tuve que realizar para llegar a consolidar una carrera que tiene más días tristes que felices y que no es comprendida por la gran mayoría pero si deseada por todos. Los ojos se me llenaron de lágrimas al recorrer por esos momentos inigualables pero una sensación de paz invadió mi ser ayudándome a entender que el día de decir adiós había llegado pero lo podía realizar con la cabeza en alto sin reprocharme nada porque siempre intente dejar lo mejor de mí, dignificando una profesión única a la cual le debo demasiado por no decir todo. Aquel 24 de mayo entré en un luto difícil de explicar, y aunque pasa el tiempo y he asimilado todo, no puedo dejar de sentir esa mágica sensación de ser futbolista cada vez que camino en ese lugar sagrado, llamado campo de juego.

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