Opinión

Los últimos tiempos de Rocafuerte y retorno de sus restos mortales a Guayaquil

Guillermo Arosemena Arosemena/Guayaquil

Terminada la epidemia de fiebre amarilla, Vicente Rocafuerte fue electo por Cuenca a la diputación de la Convención que se reunió en 1843 para hacer reformas menores a la constitución de 1835. Al llegar con cuatro semanas de atraso supo que los diputados habían decidido hacer cambios mayores, incluyendo crear la presidencia perpetua, especie de presidencia monárquica, para garantizar el poder indefinido a Juan José Flores. Este terrible mal, más de 170 años después, sigue en la mente de ecuatorianos. La oratoria de Rocafuerte no fue suficiente para convencer a los delegados de no redactar una Constitución a favor de Flores; los fustigó en duros términos y abandonó la Convención. Antes de regresar a Guayaquil, 26 de marzo de 1843, escribió una carta a Francisco Aguirre, presidente de la Convención: “…el estado de mi salud no me permite volver a la Cámara; y aunque estuviera bueno, no me sería lícito tomar asiento en una Convención, cuya mayoría, en mi concepto, ha engendrado un monstruo constitucional, con el único objeto de elevar, por la tercera vez, a la primera Magistratura a un jefe que no ha sabido corresponder a las esperanzas de paz interior y exterior, de arreglo en las rentas públicas y de ventura progresiva, que la República había concebido, y que tenía derecho para exigir que se hubiesen ya realizado.

Como representante de la Nación he protestado contra este atentado a las libertades públicas, y mi protesta ha sido rechazada por la mayoría corrompida, que avasalla y a la Cámara, privándome del derecho que me compete, como Diputado, para emitir libremente mis opiniones, y hacerlas constar en las actas de las sesiones. La escena escandalosa de ayer manifiesta el estado de abyección y de servilismo en que yacen los pretendidos representantes del infeliz Ecuador.

Fiel a la Constitución de Ambato y a las leyes existentes que he jurado sostener, no podré aprobar nunca el trastorno de las instituciones establecidas, sin necesidad urgente, ni conveniencia pública, y sin mas objeto que favorecer las aspiraciones de la codicia y de la ambición, Declaro, pues, que en conciencia, no puedo pertenecer a la nueva monstruosa asociación que se ha formado, y que me reservo gozar de los derechos de extranjero en el país de mi nacimiento”.

Regresó a Guayaquil donde publicó su último discurso como diputado con el título A la Nación, sobre la verdad del hecho relativo a la protesta, que el diputado por Cuenca, ciudadano V. Rocafuerte, hizo a la Convención el 25 de marzo de 1843. Ya en Lima continuó sus escritos a La Nación buscando desacreditar a Flores y su entorno; dejó de escribir en marzo de 1845 cuando los guayaquileños derrocaron a Flores. Por haber sido nombrado diputado regresó a Ecuador para formar parte de la Convención de 1845 en Cuenca; al terminar regresó a Lima como Encargado de Negocios de Ecuador, pero por ser electo a la Convención en Quito de 1846 nuevamente retornó y ocupó la presidencia del Senado. Posteriormente fue nombrado Ministro al Congreso Americano convocado en Lima para unir a Perú, Chile, Bolivia y Ecuador frente a las amenazas de Flores de invadir con tropas españolas e imponer la monarquía. Rocafuerte no llegó a representar a Ecuador, lo hizo Pablo Merino (MP63)

La salud de Rocafuerte que había comenzado a fallar desde 1843 se fue empeorando con los largos viajes entre Perú y Ecuador; falleció el 16 de mayo de 1847. Pedro Carbo, su secretario cuando Rocafuerte vivía en Méjico fue su admirador y escribió una pequeña biografía de él. Al referirse al momento de su deceso anotó: “Vio al fin llegar la muerte sin alterarse, y la recibió tranquilamente”. El diario El Comercio de Lima, El Nacional y El Peruano dedicaron grandes espacios para hablar de Rocafuerte y sus logros. En las notas, se publicó una hecha por Pedro Carbo.

Un mes antes, 21 de abril, escribió su testamento, se refirió a las donaciones que dejaba a personas e instituciones con la importante cantidad de dinero que le adeudada el Gobierno ecuatoriano por sus numerosas funciones públicas, y el peruano por el decomiso arbitrario de un cargamento suyo de tabaco: ”Declaro por más mis bienes la cantidad de treinta y tres mil pesos que me adeuda el Gobierno del Ecuador en razón de los sueldos que dejé de percibir cuando fui Presidente […] Declaro también por mis bienes los sueldos que se me quedan a deber por la legación de que estoy encargado hasta la fecha por el mismo Gobierno el Ecuador…” Beneficiarios: “…tres mil pesos para que se destinen a la compostura refacción del camino que va de la Villa de Ibarra para el Paylon […]otros tres mil pesos para el camino de Quito a Ibarra; y otros tres mil para el que conduce de Cuenca a Guayaquil […] tres mil pesos para que sirvan para el fomento y subsistencia del Colegio de San Vicente”. Este último creado por él y luego cambió de nombre a Vicente Rocafuerte.

También instruyó que “… se emplee la cantidad de quinientos pesos en erigir un busto de mármol que represente a mi muy querido amigo el señor Don Manuel Antonio Luzarraga y cuyo busto debe ser colocado en el mismo colegio de S. Vicente del Guayas…” Luzarraga fue su sobrino político y tesorero del citado colegio. También dejó 12.000 pesos para cubrir la educación de sus sobrinos. De Rocafuerte se dijo que era hereje, masón y protestante, pero en su testamento admitió ser católico y creer en la Santa Trinidad. Solicitó que la administración de los santos óleos fuera hecha por Francisco de Paula González.

Fue enterrado en Lima; se rindieron honores militares. Hubo dos funerales, público y privado. En el primero asistieron representantes de Ramón Castilla, Presidente de Perú, tres personas hablaron sobre él, incluyendo José Paz Soldán, Ministro de Relaciones Exteriores. En el cementerio Presbítero Maestro, cuatro cintas que pendían del féretro fueron portadas por 4 personajes de diferentes países: Ministro de Relaciones Exteriores del Perú, Ministro de la República de Chile, Ministro de la República de Bolivia acreditado para asistir al congreso americano y Encargado de Negocios de EEUU. Antes de introducir el féretro en el nicho, Paz Soldán al elogiar a Rocafuerte afirmó: “Colocado en el sepulcro va a principiar para ti el juicio de la posteridad. Ella, como la presente generación, solo tiene un fallo que pronunciar: que tu corazón perteneció siempre a la causa de América, que fuiste defensor de la libertad y que en la silla del poder, o en el asilo del proscrito, fuiste filósofo, patriota y un ejemplo de civismo” Y agregó: “el sepulcro que hoy recibe tus restos, será custodiado por la ternura de los hijos del Perú. Yo no tengo que ofrecer más que lágrimas[…] recíbelas”. Luego habló José del Carmen Triunfo, Encargado de Negocios de la República de Nueva Granada.

Como último tributo las banderas de las sedes diplomáticas ondearan a media asta. Al conocer la terrible noticia, el presidente ecuatoriano Vicente Ramón Roca ordenó que todos los empleados usaran ropa de luto por un día y hubo misas en todas las iglesias catedrales del país. El 16 de mayo,1851, su viuda Baltazara Calderón de Rocafuerte realizó el traslado de los restos del nicho donde había sido enterrado en una tumba que ella ordenó hacer en Italia. El evento fue ceremonioso con la participación del Cuerpo Diplomático y altos funcionarios del Gobierno peruano. La prensa limeña destacó la ceremonia.

Tomó seis años al poder Legislativo de Ecuador, 1853, ordenar el traslado de los restos mortales de Rocafuerte a Guayaquil y 31 años a partir de esa fecha, 1884, hacer realidad el regreso. En 1884 el Gobierno de José María Plácido Caamaño nombró una Comisión para viajar a Lima y traer los restos mortales. Los miembros fueron: Gregorio Ycaza, Francisco Aguirre Jado, Rafael Jaramillo; luego se unieron General Francisco Salazar y Lucas Rojas. Al llegar tuvieron contratiempos, el representante de Ecuador en Lima no había seleccionado la iglesia, ni la orquesta para la música fúnebre, tampoco el orador fúnebre.

Superados los inconvenientes se invitó al Presidente y Ministros de Perú a la ceremonia. Rafael Jaramillo, secretario de la Comisión escribió: “…llegado el día veinte y tres en que debía procederse a la recepción, exequias y traslación de los restos dichas ceremonias tuvieron lugar con inusitada pompa y solemnidad…” Los miembros de la Comisión fueron invitados a trasladarse en el carruaje presidencial y la tercera división del ejército peruano hizo calle de honor a la carrosa fúnebre que llevaba el escudo y pabellón de Ecuador. Hubo ceremonias que incluyeron discursos en el cementerio e iglesia.

Terminada las ceremonias el tren con el féretro escoltado por una guardia de honor partió al Callao para tomar el barco. A la llegada altos funcionarios municipales de Callao lo esperaban y un batallón hacía los honores, hubo salvas y las oficinas públicas tenían las banderas a media asta. Pacific Steam Navigation Co, naviera inglesa que gracias a la gestión de Rocafuerte ingresó sus naves al puerto de Guayaquil, puso a la orden un vapor para el viaje de regreso a Guayaquil. Mientras el barco se alejaba, a lo que pasaba junto a otras naves ancladas, ellas ponían sus banderas a media asta. Llegaron a Puná, el 29 de septiembre, donde el vapor Lima fondeó. Estuvieron presentes numerosas personalidades.

El féretro fue trasladado al 9 de Julio donde se encontraba una guardia de honor que siguió viaje a Guayaquil. Al día siguiente hubo una ceremonia en el río con la participación de vapores y naves, mientras se baja el féretro, en presencia del Presidente Caamaño, quien pronunció un discurso; también estuvieron presentes Ministros, Gobernador, Cabildo en pleno, resto de las instituciones guayaquileñas y demás personalidades. El carro fúnebre fue arrastrado por alumnos del San Vicente. El pueblo siguió el cortejo hasta la Catedral donde se ofició una misa. En el exterior se escucharon salvas. Provisionalmente se construyó un mausoleo dentro de la Catedral hasta construir el mausoleo en el Cementerio donde descansan sus restos.